EL DESORDEN DEL MUNDO,
CONSECUENCIA DEL PECADO
Todo el desorden personal en el que vivimos por
culpa de nuestro egoísmo, se enlaza con un
desorden social y humano que perturba la vida
colectiva.
Nuestra vanagloria nos lleva a la
jactancia, a la desobediencia, a la hipocresía,
a la discordia, a la rivalidad. Cuando
despreciamos las cosas espirituales
caemos en el aburrimiento, el desaliento, la
torpeza , la inactividad e incluso en el
suicidio. De la envidia se deriva la
calumnia, el odio, la tristeza e incluso la
alegría de ver a los demás en
dificultades. Con la ira preparamos el campo a la disputa,
las injurias y los arrebatos.
La avaricia nos lleva al
fraude y a la perfidia. La lujuria nos ciega el
espíritu y nos desarrolla todas las pasiones de
orden sexual. Y con la gula nos hacemos
estúpidos y bufones.
Con este hombre moldeado por el pecado se ha
construido la sociedad con sus leyes, deberes y
barreras. Las instituciones sociales no son más
que un continuo esfuerzo para poner límites a la
exageración egoísta del hombre y obligarle a
reflexionar sobre su responsabilidad. El sistema
social se esfuerza en prevenir cualquier
desviación de las normas y leyes establecidas, o
en explotar para sus intereses sociales,
algunas reacciones humanas. El individuo, para la
sociedad, es siempre un rebelde que es necesario
dominar, o un perezoso que hay que hacer
trabajar, o un vanidoso al que hay que
halagar. Las autoridades sociales poco a poco se
deshumanizan, para ellas los hombres acaban
siendo simples estadísticas que tienen que
someterse a la Regla social, al Orden social, a la Ley del
grupo. De ese principio nacen las moralidades sin
pecado y las éticas económicas y sociológicas,
el enfrentamiento entre el egoísmo personal y el
colectivo. En ese enfrentamiento el hombre es
siempre culpable y la autoridad
tiene preparado su sistema preventivo. Con su instinto
de defensa, la colectividad ataca al
individuo y se produce un mal más
completo y organizado que el propio egoísmo
personal, un mal con sus propios intereses y sus
propios órganos de represión, un mal de la
estructura social, el llamado pecado
estructural.
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