Jesús
desenmascara las falsas divinidades
Todos
sabemos que con Jesús llega a su término el proceso de revelación bíblica.
Dios había ido poco a poco manifestándose a sí mismo, hasta llegar a la
cumbre, que es Jesús. Y para revelarse Dios a sí mismo había tenido que ir
desenmascarando las falsas divinidades. Por ello es lógico que Jesús, revelación
plena del amor del Padre, completa este proceso.
No
es el fin de este folleto presentar el lado positivo de cómo Jesús es la
revelación plena de Dios. Ello, por ejemplo, lo he desarrollado en mi libro
“El Dios de Jesús”. A él me remito.
Ciertamente
Jesús no se limitó a predicar al Dios verdadero, sino que, como complemento,
combatió y desenmascaró toda imagen falsa de Dios. Su conocimiento y su amor
al Padre era tan perfecto, que no podía permanecer impasible ante las
caricaturas que se hacían de él. Además, una de las formas de dar a conocer a
Dios es también a través del contraste con las falsas divinidades. Conocer a
Dios y reconocer los falsos rostros de Dios son como las dos caras de la misma
moneda.
Si
entre Jesús y los fariseos se hubiese organizado un panel de discusión ideológica
sobre Dios, quizás no se hubieran encontrado diferencias básicas entre ellos.
La oposición entre Jesús y los representantes de la religión oficial de
entonces no se dio en el plano doctrinal. En la teoría estaban bastante de
acuerdo.
Los
adversarios de Jesús, escribas, fariseos y saduceos, nunca se habían imaginado
que Dios no fuera bueno, que no fuera misericordioso, que no fuera libre. Pero
si se abandona la teoría sobre Dios y se pasa a concretar el comportamiento de
Dios hacia los hombres, entonces la oposición entre Jesús y los fariseos es
evidente.
En
el combate de Jesús, se trata de Dios, no de una teoría sobre Dios: cómo se
vive a Dios, y no cómo se habla sobre Dios. Por ello la base para interpretar a
Jesús es ante todo su acción. Jesús nunca dio una definición de Dios, sino
que su vida toda es la manifestación plena del rostro de Dios. Viendo a Jesús,
se ve a Dios (Jn 14,19).
El
debate entre Jesús y sus opositores recae sobre la forma cómo actúa Dios en
los asuntos humanos. Es en los problemas concretos de la vida en los que se da
oposición entre Jesús y los fariseos.
Para
Jesús la vivencia de Dios era diametralmente opuesta a la de ellos. Su corazón,
lleno de Dios, no podía aceptar la predicación de que tantos pordioseros y
enfermos como pululaban por Judea fueran consecuencia de un castigo divino. El
sentía dentro el amor de Dios hacia ellos, y por eso se vuelca sobre los
pobres, conversa cariñosamente con ellos, los toca, los cura y aun comparte su
comida.
Los
fariseos maldecían al pobre como acto de piedad, ya que así pensaban imitar la
acción castigadora de Dios; Jesús los bendice, ya que así secunda la acción
misericordiosa de Dios. Los fariseos prohibían curar en sábado: así honraban
el día del Señor; Jesús cura preferentemente en sábado, justo porque en el día
del Señor se tienen que atender especialmente a sus preferidos. Ellos, en
nombre de su dios, desprecian a lisiados, pobres, niños y mujeres; Jesús, en
nombre de su Dios, los bendice y los atiende con especial cariño. Es que en
realidad los dos están hablando de un Dios distinto, aunque los dos le den el
mismo nombre.
Según
Jesús, el conocimiento de Dios no puede comprenderse fuera del efecto liberador
que produce. El combatió la “ideología” que organizaba y justificaba la
dominación saducea y farisea. Combatió contra ella, no porque juzgase erróneos
los principios doctrinales de los fariseos, sino porque consideraba intolerables
los efectos destructores de su religión. En este sentido el dios de la religión
oficial de la sinagoga no era el Dios de Jesús. Si el Dios proclamado y
venerado no libera, sino que oprime, ese dios no es el Dios de la Biblia. A Dios
se le honra en donde se libera a los hombres de cualquier pecado. El pecado
contra el Espíritu (Mc 3,9) consiste precisamente en confundir el acto
liberador de Dios con el acto esclavizante de Satanás.
A
Jesús le apasiona el combate por la libertad de Dios. No le gustan las
discusiones doctrinales. La doctrina abstracta sobre Dios puede servir de excusa
para oprimir. Eso es lo que Jesús reprocha a escribas y fariseos: quieren
encadenar a Dios a sus propios intereses personales y lo usan como excusa para
oprimir y despreciar a los demás.
Jesús
se distinguió irremediablemente de los maestros en religión de entonces porque
implicaba a Dios en la sociedad y en la misma religión de una manera distinta.
Y pagó con su sangre esta opción que había hecho por un Dios liberador.
Según
Jesús los derechos de Dios no pueden estar en contradicción con los derechos
de los hombres. Cualquier supuesta manifestación de la voluntad de Dios que
vaya en contra de la dignidad de los hombres es la negación automática de la más
profunda realidad de Dios.
El
Dios de Jesús es un Dios único, que excluye a todos los otros modos de
concebir a Dios. El presenta a su Padre como Dios de la vida, alternativa
excluyente de las divinidades de la muerte. Hay que elegir: o con el Dios de Jesús
o contra el Dios de Jesús. O el Reino de este Dios o la teocracia judía y la
“paz” romana.
Los
fariseos y sus seguidores sintonizaron con acierto que el Dios de Jesús no era
el mismo dios que ellos proclamaban. Las palabras y las acciones de Jesús eran
verdaderas “blasfemias” contra su dios.
Ellos
eligieron matar a Jesús en nombre de su dios e invocando a su dios. Los romanos
lo ajusticiaron en nombre de los dioses del imperio que garantizaban “su
paz”. Según la lógica de judíos y romanos el Dios de Jesús no debía
existir: por eso quisieron destruirlo matando a quien lo predicaba. Los dioses
de la muerte, dioses idolátricos, siempre quieren dar muerte al Dios de la
Vida. Pero la Vida, al final, triunfa siempre sobre la muerte...
La
vida de Jesús no se entiende si no se entiende el conflicto entre Dios y los
dioses. Los dirigentes judíos rechazaron a Jesús y su Dios: ”No tenemos más
rey que al César” (Jn 19,15). Con ello muestran cuál es el dios por el
que ellos habían optado: su ambición de poder y gloria. Rechazan al Dios del
amor y eligen al que, por ser opresor, permite y justifica la opresión que
ellos ejercen. El Dios al que ellos profesan fidelidad, aunque siguieran llamándolo
Yavé, era un dios que legitimaba la opresión. Revelaban así su idolatría de
hecho, pues pusieron sus intereses personales en lugar de Dios.
En
la pasión y muerte de Jesús no se trata de una confrontación personal entre
las autoridades y Jesús. Lo que está en pugna es una diversidad opuesta en la
concepción de Dios y, por consiguiente, de la organización de la sociedad. Se
trata de totalidades de vida y de historia, en última instancia basadas y
justificadas en una concepción de Dios. Romanos y judíos defienden a sus
dioses; Jesús vive y predica a su Dios. Y en esta pugna, le quieren hacer
desaparecer; y Jesús da la vida, conscientemente, sin claudicar en su fe. Con
ello triunfa sobre todos los dioses de la muerte...