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Interrogatorio del curado y división entre los fariseos

 
     Jn 9,13 Llevaron a los fariseos al que había sido ciego.

 Entre los dirigentes judíos, de los que forman parte (9,18 nota), los fariseos son los más activos (cf. 4,1-3; 7,32.47; 8,13), los que tienen de hecho el control sobre el pueblo. El ambiente de la escena no refleja tanto un conflicto con el poder central judío (cf. 5,1: fiesta; 5,14: templo; 5,16.18, etc.: dirigentes judíos), cuanto el de la comunidad cristiana con la sinagoga.

   

    14 El día en que Jesús hizo el barro y le abrió los ojos era descanso de precepto.

 Lo mismo que en el episodio del inválido (5,9b), la mención del precepto se retrasa hasta mediada la narración. Para Jesús no cuenta el día festivo, no reconoce su existencia. La Ley aparece en vigor para los fariseos, no para él, que continúa trabajando en favor del hombre, como trabaja el Padre (5,17; 9,4). Junto al descanso de precepto menciona Jn la acción de Jesús (amasar el barro), que estaba explícitamente prohibida por la interpretación farisea de la Ley (1), y, a su lado, coloca la frase «le abrió los ojos», de claro sentido mesiánico (9,7b Lect.). Su «amasar el barro» prolonga el día sexto de la primera creación; Jesús sigue creando al hombre.

   

 
    15 Los fariseos, a su vez, le preguntaron también cómo había llegado a ver. El les respondió: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».

 Los fariseos comienzan el interrogatorio. No les interesa el hecho de la curación, sino el cómo, porque ahí es donde pueden ver si ha habido infracción de la Ley. No se alegran con el hombre, lo humano se mira a través de lo jurídico. La respuesta del hombre es escueta: Me puso barro en los ojos, me lavé y veo. El hecho es incontrovertible, por su misma simplicidad. No se nombra a Jesús, que está en el trasfondo e inquieta a los fariseos.

   

 
    16a Algunos de los fariseos comentaban: «Ese hombre no viene de parte de Dios, porque no guarda el día de descanso».

 La respuesta del ciego produce división entre los fariseos. El primer grupo toma por único criterio de juicio la observancia de la Ley. Quien la observa está con Dios, quien la viola no puede venir de Dios. Ella es la norma indiscutible que regula la relación con Dios y traza la línea discriminatoria entre los que le agradan y los que son rechazados por él. El Dios de ellos no se interesa por el hombre que sufre o está inutilizado; para él, lo inviolable, el valor supremo, es la Ley (cf. 5,10.22-23 Lects. ). La Ley impersonal, como un muro, oculta el amor de Dios y le impide manifestarse (2,6).

   

 
    16b Otros, en cambio, decían: «¿Cómo puede un hombre, siendo pecador, realizar semejantes señales?». Y estaban divididos.

 Un segundo grupo de fariseos duda. Ser pecador, prácticamente equivalente de impío, descreído, parece incompatible con la señal tan clamorosa que acaba de realizar Jesús. Ellos, además, hablan de «señales» en plural, conocen su actividad. Descubren que el hecho «señala» a una realidad superior, que no puede ser más que de Dios. Pero lo que les impresiona es la calidad de la acción; descubren en ella el poder de Dios, no el amor del Padre. El grupo está dividido, Jesús hace vacilar su seguridad.

   

 
    17 Le preguntaron otra vez al ciego: «A ti te ha abierto los ojos, ¿qué piensas tú de él?». El respondió: «Es un profeta».

 En esta división, acuden al hombre y le preguntan su parecer, como testigo de excepción. Lo expresa con toda sencillez: Jesús es un profeta. No ha descubierto toda la realidad de Jesús, pero para él es indiscutible que no está separado ni en contra de Dios; es un enviado suyo y actúa en su nombre. Es el mismo proceso de reconocimiento de Jesús que siguió la samaritana (4,19).

   

 
    (1) Amasar barro y aplicarlo a los ojos eran trabajos prohibidos en sábado.