
La
comunidad cristiana
(Ideario de las comunidades
virtuales)
La adhesión a Jesús y el
seguir su manera de vida no son algo que el hombre
pueda hacer por si solo (Jn 6,44.65), necesita un
cambio interior que san Juan llama nacer de
nuevo (Jn 3,3-8) y san Pablo "la nueva humanidad"
(2 Cor 5,17; Gál 6,15) o "el hombre nuevo" (Ef 4,24;
Col 3,9-10).
En otras palabras hay que
recibir el Espíritu, la fuerza de Dios, para ser
capaz de vivir de esa manera (Rom 8,2.4; Gál 5,16).
El egoísmo humano es tan fuerte
que a menos que Dios transforme al hombre, no es
posible el verdadero amor ni la verdadera solidaridad.
Según la promesa de Jesús los discípulos recibirán el
Espíritu de Dios: sólo así dejarán de vivir para su
propio interés y podrán seguir su ejemplo (Lc 24,49;
Hch 1,5; 2,1-4.38; 10,44; 11,17; 2 Cor 5,15).
El grupo de discípulos tiene
como características: en primer lugar el amor de
hermanos, luego la alegría, la paz, la
tolerancia, el agrado, la generosidad, la lealtad, la
sencillez y el dominio de sí (Gál 5,22-23; Col
3,12-13). Es el grupo donde: ya no hay privilegios.
ni de raza, ni de nación, ni de clase social ni de sexo
(1 Cor 12,13; Gál 3,28; Col 3,11); donde todas las
barreras han caído, toda hostilidad ha desaparecido,
porque Jesucristo ha hecho la paz (Ef 2, 13-16).
Se crea así la comunidad donde no
están unos arriba y otros abajo, sino donde todos
son últimos y todos son primeros (Mt 19,30), son los
hermanos con un solo Padre, los servidores con un solo
Señor, los discípulos con un solo Maestro, los pobres cuya
riqueza y cuya seguridad es Dios mismo (Mt 6,19-21;
19,21), donde no hay mío ni tuyo (Hch 4,32), el
grupo de la alegría completa (Jn 15,11; 16,24), del
afecto mutuo (Rom 12,10; Col 3,12), del perdón
fácil y continuo (Mt 18,21-22; Col 3,13); donde no
hay rivalidades ni partidismos, sino que todo
está unido por el amor (Col 3,14) y la ayuda
mutua (Mt 5,7); donde cada uno arrima el hombro a
las cargas de los demás (Gál 6,2), las
cualidades de cada uno se ponen al servicio de todos
(Rom 12,3-8; 1 Cor 12,4-11; Ef 4,11-13) y autoridad
significa mayor servicio y nunca superioridad (Lc
22,26-27).
Además de la obra del Espíritu
en cada uno, el grupo como tal ha de experimentar
la presencia del Señor Jesús (2 Cor 13,5) y la acción
de su Espíritu (Gál 3,5).
 Esta experiencia va dando
profundidad a la fe, en un proceso parecido al de la
convivencia de los Doce con Jesús, que los llevó a
reconocerlo como Mesías e Hijo de Dios (Mt 16,16). Tiene
que estar alimentada por la reflexión sobre el
mensaje de Jesús, pues el grupo vive para seguirlo,
confrontando con él las actitudes personales y
comunitarias. Para los discípulos, el Señor glorioso es
la salvación, la vida, la alegría, la fuerza y la
esperanza (Col 3,4); Jesús en su vida terrestre y en su
muerte es el camino y la verdad (Ef 4,20-24).
Sólo esta experiencia en la
oración común y en la eucaristía mantiene la
cohesión de la comunidad y da solución a las tensiones
y dificultades que puedan surgir; ayudará también a
recuperar a los vacilantes (Mt 18,12; Gál 6,1).
Los bajos instintos que pueden
retoñar, las rivalidades y partidismos no tienen más
antídoto que el Espíritu de Dios (Gál 5,16); y misión
del Espíritu es recordar e interpretar el mensaje de
Jesús (Jn 14,26; 16,13-15).
La
oración común expresa al mismo tiempo la alegría de la
fe, que se traduce en acción de gracias a Dios por
Jesucristo (Ef 5,18-20; Col 3,16) y la hermandad, que
desemboca normalmente en la eucaristía (Hch 2,42).
La misión de la
comunidad en el mundo
(Modelo de las comunidades
virtuales)
Por definición, el grupo no
vive para sí mismo, los discípulos son pescadores
de hombres que tratan de atraer a otros a la nueva
manera de vida. Esto no se hace por afán de imponer
las propias ideas, sino por la experiencia de la
propia felicidad: el que ha encontrado el tesoro y la
perla quiere que los demás los encuentren también (Mt 13,44-46).
Para la misión, lo primero de
todo, lo más importante, es la existencia del grupo
mismo. Si no existe la nueva sociedad de hermanos
como Jesús la quiso, todo es inútil, no hay nada que
ofrecer más que palabras e ideas sin realidad. Tiene
que verse que el amor y la felicidad son posibles.
Da pena ver cristianos amargados que intentan hacer
felices a los demás sin tener ellos experiencia de lo
que es la alegría y la paz cristiana. La renuncia a los
valores del mundo se hace por la alegría de
haber encontrado el tesoro (Mt 13,44).
El grupo debe ser visible y
ha de percibirse a su alrededor el bien que hace (Mt
5,14-16); hay que pregonar el mensaje sin miedo (Mt
10,26-27), pero con prudencia (Mt 7,6; 10,16).
El que anuncia la buena noticia
aparece en el Evangelio (Mt 10,5-15) como pobre (sin
dinero, sin provisiones), amable (saludar), sencillo
(aceptar la hospitalidad), no exigente (no andar
cambiando de casa, Mc 6,10), eficaz, convencido de la
urgencia de su trabajo (no perder el tiempo con saludos
interminables, Lc 10,4) y de la seriedad e importancia de
su misión (si no escuchan, echárselo en cara sacudiendo
el polvo de las sandalias). Demuestra la realidad de la
salvación curando enfermos y expulsando demonios. Es
decir, el enviado personifica en cierto modo la comunidad
a que pertenece, su manera de presentarse y de obrar
hace visible lo que vive y ofrece la salvación que ya
conoce.
San Juan expresa la misión de
esta manera: ser instrumento del Espíritu de Dios en su
testimonio contra el mundo. El Espíritu quiere probar al
mundo que Jesús, el condenado, era inocente y tenía
razón; que el mundo que lo condenó era el culpable y
que además va a la ruina (15,26-27;16,8-11).
Los cristianos, por tanto,
tienen que enfrentarse con el mundo para denunciar su
maldad, como hacía Jesús (Jn 7,7). No se puede
dejar al mundo tranquilo en su injusticia. Eso,
necesariamente, provocará el odio del mundo, que
perseguirá al grupo cristiano como hizo con Jesús
(15,18-22; 16,1-4). No hay que desanimarse, la empresa
es de Dios y Jesús ha vencido al mundo (16,33). A
los que, ante esa denuncia guiada por el Espíritu,
reconozcan su error, se les perdonarán sus pecados; a
los que se obstinen en su maldad, se les imputarán
(20,21-23). Y hay que pedirle a Dios con insistencia que
acabe con la injusticia en el mundo (Lc 18,1-8).
Otro aspecto importante de la
misión es la actitud ante el dolor y la injusticia. No
se puede ser indiferente ante el sufrimiento,
cualquiera que sea. Nunca se negó Jesús a curar a un
enfermo, ni pasó de largo ante el dolor de la madre
viuda (Lc 7,11-17); atendió a los que le pedían por sus
hijos (Mc 9,21-27; Jn 4,50) y al que tenía a su niña en
las últimas (Mc 5,22-24). Tuvo compasión de la
ignorancia de la gente y les enseñaba sin cansarse (Mc
6,34); una multitud estuvo con él tres días enteros y
les dio de comer cuando se les acabaron las provisiones
(Mc 8,1-3). Y, nótese, todo esto lo hacía con personas
que no iban a ser discípulos. No hacia el bien por
proselitismo, sino por compasión. Muchas veces
incluso prohibía publicarlo, todo lo contrario de usarlo
como propaganda (Mc 1,44; 5,43; 7,36). Para Jesús la
popularidad no es señal de éxito ni contribuye al
reinado de Dios (Mc 1,35-39; 6,45; 7,24).
Como Jesús, los cristianos
tienen que sentir lástima y pena por el dolor de los
demás y estar dispuestos a ayudar para que mejore la
situación: aquí viene el compromiso del grupo cristiano
en la lucha contra la injusticia en el mundo. La primera
tarea será concienciar a la gente, como hacía Jesús, abriéndoles
los ojos para que perciban cuáles son las causas de sus
males. Hay que desmentir los engaños que propone
la sociedad y, el primero de ellos, que ser feliz
consiste en tener, acaparar, ser rico, figurar y dominar.
Hay que echar abajo los ídolos que crean las
ideologías, de cualquier color que sean, y hacer
hombres capaces de juzgar los hechos como son; es
decir, hay que esforzarse por crear personas libres.
En esto no hará el cristiano más que imitar lo que hizo
Jesús con el pueblo de su tiempo.
Tendrá también que tomar
iniciativas y apoyar las que existen para aliviar el
dolor humano, la opresión y la injusticia, aunque
sin adherirse a ideologías de poder ni identificar esta
actividad liberadora con el reinado de Dios. Combatir la
injusticia es necesario y urgente, pero en medio de esta
lucha el grupo cristiano debe acordarse siempre de que Jesús,
al contrario de los zelotas, no identificaba el
reinado de Dios con la reforma de las instituciones.
Por mucho esfuerzo que se ponga, mientras el hombre no
cambie y Dios no elimine de su corazón las ambiciones,
la injusticia seguirá existiendo de una forma o de otra.
Jesús enseña que dentro del sistema de dinero y poder
no hay solución para ella; la salvación de la sociedad
humana se encuentra sólo en el reinado de Dios, en el
grupo de los que eligen ser pobres, donde
ambición y rivalidad están sustituidas por amor y
hermandad. Y esto sólo Dios es capaz de realizarlo, creando
hombres nuevos mediante su Espíritu.
De ahí el empeño que deben
poner los que creen en Jesús por formar comunidades que
vivan plenamente el mensaje.
(Págs 40-44 Nuevo
Testamento. El NT y su mensaje Ed. Cristiandad Juan
Mateos)
|