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Según
el relato de la creación, el hombre, hecho a imagen de Dios (Gn
1,26), es señor de la tierra y de lo creado (Gn 1,28s), para
continuar con su actividad la obra divina (Gn 2,15). El precepto del
descanso, institucionalizado en Israel principalmente en el día de
sábado, tuvo por motivación teológica que el hombre, sin distinción
de clase, libre o esclavo, pudiera participar en el descanso de Dios
creador (Ex 20,8-11). No era un precepto para someter al hombre,
sino un don, una bendición (Gn 2,3; Ex 20,8-10). Con el descanso,
que interrumpe el trabajo, el hombre se asemeja a Dios, señor de la
creación, y goza de ella; es, pues, anticipo y promesa de la
libertad a que está llamado o, en términos figurados, profecía de
un éxodo definitivo.
De
hecho, al emancipar al pueblo de la sumisión a la Ley y procurar su
libertad, Jesús no sólo sacude la base de la religión farisea,
sino también la del poder político, igualmente opresor. Los
herodianos son partidarios de un rey ilegítimo, cuyo poder se
afirma dando muerte (cl 6,16). Para encubrir su crimen, los fariseos
buscan el apoyo del brazo secular, que puede considerar a Jesús un
subversivo y eliminarlo (20). También los poderosos se alarman. La
sumisión religiosa garantiza la civil; el Dios despótico legitima
el despotismo.

El
hombre siempre está por encima de la Ley. Lo vamos a ver en el
Evangelio de Marcos.
(Comentario exegético de Juan Mateos y Fernando Camacho)
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