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CUANDO
EL OTRO ES VÍCTIMA
SACRIFICIOS
HUMANOS EN LOS ALTARES DE LA IDENTIDAD
José
A. Pérez Tapias
(Profesor
de filosofía de la Universidad de Granada)
La
violencia contra el otro o la barbarie de nuestro mundo
La
violencia no nos humaniza; todo lo contrario. Pero la violencia
es muy humana, «demasiado humana». Es exclusiva del hombre la
desmesura destructiva que desata una violencia que de ninguna manera
es meramente «natural». Se trata, pues, de nuestra violencia,
la que hacemos recaer unos sobre otros, regando los surcos de la
historia con la sangre de incontables homicidios fratricidas.
Si
la violencia es nuestro problema, si pone en cuestión nuestra
historia y echa sobre nuestras existencias una sobrecarga totalmente
gratuita de tragedia, es porque ella nos acompaña siempre, agazapada
cuando menos en los recodos de nuestras más delicadas elaboraciones
culturales. La violencia no es sin más lo contrario de la civilización,
sino su reverso. Nuestros logros civilizatorios, con todo lo que
afortunadamente tienen de humanizantes, se sostienen en
precario sobre cimientos que esconden bajo ellos el abismo de un
potencial de violencia fuertemente reprimido, pero de ninguna manera
suprimido.
La
violencia reprimida y la violencia desatada que el sistema económico
y político en que vivimos puede albergar resultan encubiertas e
incluso justificadas por sutiles mecanismos de racionalización. En la
dinámica social, el sutil juego de las ideologías tapa las vergüenzas
de nuestra barbarie, es decir, de comportamientos violentos de
unos contra otros que nos deshumanizan, a unos como víctimas a
las que se les quiebra su humanidad, a otros como agresores que
tratan al otro de manera inhumana. De vez en cuando
quedan fuera del encubrimiento ideológico, ya sea de cuño machista,
racista, clasista o nacionalista, las actuaciones de una barbarie
tan brutal que rompe el velo de la indiferencia, el cual envuelve las
adormecidas conciencias en circunstancias «normales» para no darse
por enteradas de la violencia cotidiana de baja intensidad que
alimenta las explosiones violentas que luego se sitúan más allá de
lo soportable. No se quiere ver que la violencia extrema, hasta el
asesinato, que a veces asalta los hogares (violencia doméstica),
invade las calles (violencia racista) o pone en aprietos el orden
institucional (violencia terrorista), no es mala flor de un día o sólo
locura de contados individuos. Las «semillas de la violencia» las
tenemos sembradas por doquier en nuestra realidad social, las abonamos
culturalmente, algunos las cultivan psicológicamente con especial ahínco,
y no hay que sorprenderse de que acaben convirtiendo nuestras
relaciones en un erial poco habitable (1).
Los
comportamientos violentos son de muy diferentes clases y cada caso se
deben a distintas causas, lo que también supone, en cuanto a sus
protagonistas, que obedecen a motivos muy diversos -no hay que olvidar
que en las conductas violentas confluyen condiciones estructurales y
motivaciones individuales, para no subestimar ni unas ni otras-. Pero
se puede detectar en todas ellas un denominador común: la negación
del otro en su humanidad -lo cual se halla presente hasta en
quien dirige su destructividad hacia sí mismo, como se puede
constatar en el componente de venganza presente en muchos suicidios-.
Esa es la raíz de todo lo que consideramos barbarie, como
contrapuesta al reconocimiento como humanos desde el que nos
humanizamos al tratarnos como tales.
No
somos más violentos que nuestros antepasados, pero también es cierto
que no lo somos menos. Como en su caso, nuestra condición humana es
tremendamente ambigua: capacitados para lo bueno y para lo malo, para
unas relaciones pacificadas sobre las que tejer una convivencia
humanamente fructífera y para cegar esa posibilidad derivando hacia
la más terrible destructividad. Lo que sí ha cambiado es el
potencial ambivalente de nuestra cultura: está más dotada para lo
mejor, pero a su vez también para lo peor. Así, las instituciones
políticas, el Estado por ejemplo, tal como se configura en el Estado
democrático de derecho, implica todo un entramado jurídico y político
para reducir al mínimo la violencia en la convivencia colectiva; pero
ese mismo Estado es el que se ha visto convertido en los momentos más
duros de nuestra historia reciente en Estado totalitario, monstruo
devorador de millones de víctimas que hizo palidecer al Leviatán
hobbesiano. Con todo, no hay que desdibujar la culpa: los asesinos
siempre son tan culpables como Caín. Pero más allá o más acá de
las culpas, todos estamos llamados a una mayor responsabilidad -somos
responsables incluso de lo que no somos culpables-. Y ello es así, en
primer lugar, por tener en nuestras manos medios más potentes, que
pueden multiplicar los efectos destructivos de nuestra violencia; y,
en segundo lugar, porque a todos sigue estando dirigida la pregunta de
la que huía Caín: ¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9).
Nuestra
situación actual, además de ambigua, es enormemente paradójica, y
nos negamos a reconocerlo. No queremos ver la violencia de la que
somos capaces y de ahí el aterrado espanto ante el mal -no es el mero
morir, sino el asesinato (2)- que una vez tras otra nos pilla de
improviso. Ello es parte de la peligrosa inconsciencia en la que
vivimos, que a estas alturas es imperdonable. Así, teníamos que
haber sacado las consecuencias de lo que supuso Auschwitz en la
historia de nuestra humanidad, de la humanidad occidental para más señas
-simbolizando, en ese campo de concentración perfectamente organizado
para el asesinato industrial de millones de individuos, todo lo que
supuso la barbarie nazi –, como punto de ruptura que señala un
antes y un después y del que arranca un doble imperativo moral
respecto a lo que no debe volver a ocurrir y respecto a lo que no debe
olvidarse (3). Pero olvidamos y, por consiguiente, fácilmente podemos
volver a reincidir. No hay vacuna definitiva contra la barbarie.
Ocurre,
sin embargo, ante el daño que los humanos nos infligimos, que nos
movemos en un medio cultural que induce no sólo al olvido de lo
que no debe olvidarse, sino a la infravaloración de lo que no
debiera infravalorarse. En ello pesa sin duda ese racionalismo
perversamente idealista, tan arraigado en la tradición occidental,
que resulta decisivo en la configuración de las ideologías
socialmente dominantes y de sus respectivas mitificaciones. Se trata
de un «racionalismo cultural» que a duras penas permite tomar
conciencia de sus excesos instrumentalistas y estratégicos, que
encumbra sin limites lo tecnológico, que se somete pasivamente a la
economía, que desconoce lo que socialmente no conviene que sea
conocido y que aborda unilateralmente lo político. En el fondo,
combinando planteamientos irenistas con una visión antropológica tan
prometeica como cándida, es un racionalismo cínicamente optimista
que se resiste a mirar de frente el mal de nuestro mundo, esto es, la
violencia que ejercemos unos contra los otros, incluida la que llega a
estructurarse objetivamente en nuestra realidad social. Y es más,
cuando el mal es tan imponente que se echa encima como ineludible,
todavía queda el recurso de convertirlo en espectáculo, lo cual, a
través de los medios de comunicación, redunda en la banalización de
ese mismo mal junto con la difusión de la «buena conciencia» de
quienes piensan que eso no va con ellos.
1.
Cf. L. Rojas Marcos, Las semillas de la
violencia, Espasa-Calpe, Madrid 1995
2.
Cf. Melich, J. C. Totalitarismo y fecundidad. La
filosofía frente a Auschwitz, Anthropos, Barcelona 1998, 70-71
3.
Cf. Safranski, R.
El mal o el drama de la libertad [1997], Tusquets, Barcelona 2000,
227 ss.
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