CUANDO EL OTRO ES VÍCTIMA

   

SACRIFICIOS HUMANOS EN LOS ALTARES DE LA IDENTIDAD

   

 Exclusión y negación del otro: pasiones destructivas en el conflicto de las identidades

 

No son cuestiones de mera supervivencia las que desatan la destructividad humana, la cual puede distinguirse de la agresividad defensiva. Desde la negatividad de la violencia destructiva se confirma que «no sólo de pan vive el hombre». Además de las necesidades más perentorias para que la vida sea viable, hay otras necesidades, más volcadas hacia lo importante que hacia lo urgente, en torno a las cuales surgen conflictos de mayor complejidad. En este caso, los enfrentamientos se desplazan al terreno simbólico donde tiene lugar la «lucha por el reconocimiento» -que Hegel, no sin razón, por más que no con toda la razón, describía, refiriéndose a las paradigmáticas relaciones entre amo y esclavo, como «lucha a vida o muerte» (4). Estas últimas necesidades, que algunos llaman «transupervivenciales», giran en torno al sentido que hemos de dar a una existencia que en principio no lo tiene, tanto en lo que se refiere a la biografía personal como en lo que toca a la trayectoria colectiva que llamamos historia.  

 

 

Las experiencias de una existencia humana con sentido tienen que ver con la manera en que vivimos nuestras relaciones personales, con los grupos de pertenencia en que nos insertamos, con la tradición en que nos vemos inmersos, con la autoestima que podamos desarrollar, con las metas conforme a las cuales orientamos la propia vida, con aquello que para nosotros o, en su caso, para cada uno, «vale la pena». Todas estas demandas hemos de satisfacerlas de una forma u otra, y según cómo lo hagamos vamos configurando una identidad propia, que del lado personal se articula psíquicamente con el perfil de un determinado carácter. Si todo ello no se resuelve de manera positiva desde la trama de relaciones en la que se enhebran los hilos de nuestra existencia, entonces es cuando se desvían hacia sus cauces más perversos los procesos de reconstrucción de la propia identidad y los intentos de hallar sentido donde no lo hay. Es entonces, en la distorsión del empeño por dar sentido a una existencia que se hunde en el naufragio del sin-sentido, cuando de una forma u otra aparece en escena la violencia. La humillante indiferencia, el desprecio, el maltrato o el desesperado intento por dominar al otro, invadiendo su vida hasta incluso provocarle la muerte, son falsas y a veces trágicas vías por las que se busca en vano el reconocimiento que no se ha podido lograr. Con Erich Fromm podemos decir que la violencia contra el otro, en gran medida inconscientemente alimentada por un distorsionado afán de reconocimiento, se convierte en ciega pasión destructiva por la que falsamente se dota de sentido una vida que no ha logrado encontrarlo. Se trata del sentido antihumano (deshumanizante) de la vida que se vuelve contra si misma en su fracaso al cerrarse a la posibilidad de vivir la existencia con un sentido desde el cual, efectivamente, pueda humanizarse (5).  

 

 

Si el fracaso en la construcción simbólica de la identidad es causa de comportamientos violentos en el seno de unas relaciones interpersonales corroídas por el cáncer del sin-sentido, así sucede también en la convivencia entre colectividades. La violencia racista, como la étnica, religiosa o política, aparece vincula- da a «procesos de pérdida y reconstitución de sentido» (6). El problema se agrava si las condiciones económicas y sociales no favorecen un clima de entendimiento, sino todo lo contrario: la afirmación excluyente del nosotros frente a los otros. Eso es lo que actualmente encontramos a cada paso en una época en la que hemos descubierto «el poder de la identidad» y, con él, la intensa agresividad negativa que podemos proyectar sobre los otros en medio de los conflictos identitarios (7). Éstos se presentan de muchas formas en muy diferentes contextos, y hay que tener buen cuidado con las generalizaciones. No obstante, no incurre en el abuso la constatación de que en dichos conflictos se alcanzan cotas notables de violencia, que a veces llegan a que la negación del otro se lleve al extremo de su liquidación física. Ahí acaba demasiadas veces lo que empieza como defensa de la particularidad de una colectividad (étnica, religiosa o política) en un contexto que se percibe amenazante. Lo que se experimenta como fuerte vacío de sentido, debilitamiento de los vínculos entre personas y grupos, o intensa añoranza de una tradición que suministraba razones para vivir y cauces para organizar la convivencia, resulta transmutado en hostilidad hacia el otro diferente sobre el que se hacen recaer las supuestas causas de los propios males en todo un alarde de elaboración ideológica (8).  

 

 

Es innegable que la asimétrica inmersión en una universalización fáctica que mete a todos en la desigual Lucha de un mercado global terriblemente competitivo provoca reacciones en defensa de la identidad colectiva en la que los individuos buscan refugio. Pero con frecuencia, tales reacciones se encauzan por vías de particularismo tan exacerbado que hasta los mismos sujetos se ven asfixiados dentro de su propia colectividad, viéndose bloqueados para reconstruir libremente su identidad individual. Se acentúa la tendencia regresiva a reforzar las identidades colectivas en términos de una sola forma de pertenencia, lo cual, además de provocar hacia dentro recortes injustificables en la autonomía personal, conlleva hacia fuera prácticas de rechazo y exclusión de todos los que son diferentes y son percibidos como «peligrosos» para la cohesión del propio grupo. Obviamente, no se vive esto igual en grupos minoritarios que tratan de resistir a los excesos asimilacionistas o excluyentes promovidos desde la mayoría de una sociedad, que en grupos mayoritarios que actúan de forma inversa tratando de absorber o expulsar a las minorías diferentes, según sea el caso. De una forma u otra, las relaciones se tensan y el afán por reconstruir defensivamente la propia identidad deriva a la autoafirmación tan excluyente del nosotros que impide el más elemental reconocimiento de los otros. Y cuando al otro, con su diferencia, se le niega el reconocimiento de su condición de humano, igual que yo, todo está dispuesto para que las identidades construidas en esa dinámica de violencia acaben siendo, como muy bien ha indicado Amin Maalouf, «identidades asesinas» (9).  

 

 

En medio de tan virulentos conflictos entre colectividades que pugnan por reafirmar la particularidad en la que se identifican, comprobamos que las formas perversas en que se tratan de solventar problemas tan hondamente humanos como los de la identidad, y el sentido de la existencia que ella implica, impiden reconocernos en la humanidad compartida que habría que ganar como pertenencia definitiva para nuestra identificación. Pero la recusación de la alteridad no se queda ahí: el trato in- humano a los otros requiere proceder previamente a su «deshumanización», articulando ideológicamente la negativa al reconocimiento de su humanidad para que la violencia quede justificada y con ella la violación de los derechos de esos otros cuya dignidad se ve así quebrantada. No hay violencia de signo político sin cobertura ideológica, de lo cual han dado buena prueba los sistemas totalitarios. Y toda negación de la alteridad que funciona socialmente y a la que constantemente se le buscan vías políticas lleva en sí gérmenes de totalitarismo.  

 

 

Las ideologías, construidas para su función social con materiales de múltiples procedencias, multiplican su efectividad condensando en mitificaciones sus más preciados contenidos. Así, en medio de los conflictos identitarios, los colectivos que buscan su reafirmación, sea con la pretensión sectaria de constituirse en comunidad cerrada hacia la sociedad -férreamente absorbente hacia dentro-, sea con la pretensión integrista de lograr impositivamente hacer de toda la sociedad una comunidad igualmente cerrada -excluyente hacia fuera-, refuerzan su cobertura ideológica mitificando, es decir, distorsionando y absolutizando idolátricamente todo aquello que sea necesario: un origen que se inventa, una historia que se reescribe, una tradición que se manipula, unos héroes que se agigantan, una tierra o una raza que se sacralizan, una patria o un Estado que se divinizan. El reverso de las mitificaciones respecto a lo propio son los prejuicios respecto a lo ajeno, condensación en este caso de las elaboraciones ideológicas tendentes a descalificar a los otros, preparando el camino para la violencia contra ellos. Recordemos cómo el antisemitismo, descrito por Adorno como «el rumor sobre los judíos», acabó en la masacre de los campos de exterminio (10).  

 

 

Los prejuicios concentran las falsas concepciones del otro que se hallan enquistadas en el imaginario social. Son los tópicos infundados, pero interesados, que distorsionan en nuestra retina intelectual la imagen del otro culturalmente diferente. Funcionan muy hondamente en el «inconsciente social», de manera que aun cuando se creen desterrados, asoman una y otra vez mediatizando nuestros juicios, incluso los que pretenden avalarse científicamente. Los prejuicios, que sobreviven reprimidos bajo la presión de lo «políticamente correcto», se dejan ver en la mirada despectiva, en el gesto espontáneo, en el chiste fácil, en las resistencias xenófobas de la vida cotidiana... En definitiva, en todos nuestros comportamientos en los que, cuando bajamos la guardia, se traslucen nuestras más profundas actitudes, las que de verdad permanecen tras las grandilocuentes declaraciones de tolerancia o solidaridad. Ellos hacen patente que el racismo – ahora suele presentarse bajo las nuevas formas de un recicla- do racismo culturalista y ya no groseramente biologicista-, que la xenofobia -tan acentuada cuando en el otro rechazado se une la condición de pobre a la de diferente-, o que los excesos del nacionalismo -dejan atrás la lógica inclusiva de la democracia-, no son sólo problema de los otros. El racismo, la xenofobia y el nacionalismo excluyente son nuestro problema, si queremos una sociedad sin exclusiones, una cultura humanizante, una identidad cosmopolita..., en definitiva, una existencia abierta al más profundo sentido de nuestra humanidad.

 

4.      Hegel, G.W.F., La Fenomenología del Espíritu [1807], FCE, México 1966, 116

5.      CF. Fromm, E., Anatomía de la destructividad humana [1974], Siglo XXI, Madrid 1980, 234 ss. También Íd., El corazón del hombre [1964], FCE, México 1966.

6.      Así lo señala Wieviorka, M., El espacio del racismo [1991], Piados, Barcelona 1992, 160.

7.      Cf. Castells, M., La era de la información. Economía, sociedad y cultura. V. 2, El poder de la identidad, Alianza, Madrid 1998.

8.      Sobre todo ello nos remitimos a la obra colectiva de P. Gómez (coord.), Las ilusiones de la identidad. Cátedra, Madrid 2000.

9.      Cf. Maalouf, A. Identidades asesinas [1998], Alianza, Madrid 1999.

10.    Adorno, T.W. Mínima moralia [1951], Taurus, Madrid 1987, 109.