| |
CUANDO
EL OTRO ES VÍCTIMA
SACRIFICIOS
HUMANOS EN LOS ALTARES DE LA IDENTIDAD
La «santidad» del otro frente a la
sacralización de la violencia
Son
más que preocupantes todos los indicios que acusan un notable
incremento de la violencia en la vida cotidiana, desde la casa hasta
la escuela, pasando por la tan mentada inseguridad ciudadana. No es fácil
atajar las formas de violencia racista y xenófoba que se desarrollan
en los «espacios» que han quedado abiertos para ellas con la
desestructuración que experimentan nuestras sociedades. Está la
violencia terrorista, como la practicada por ETA en España,
resultante de un nacionalismo fascistizado, difícil de erradicar por
el apoyo con que cuenta en un amplio sector social, tan preso a la vez
de los fantasmas del miedo y de las ataduras de las propias mitologías
que es incapaz de distanciarse de la «cultura de muerte» en que está
hundiendo al propio país. Y sigue habiendo guerras terribles en los más
diversos rincones de nuestro mundo.
Todos
los datos parecen encaminarse a la conclusión de que la humanidad
contemporánea está fracasando en la «domesticación» de su
violencia Las raíces de un problema cuya magnitud es de tragedia para
millones de personas apuntan muy hondo. Hay algo que nuestra potente
civilización tecnológica, que cabalga a lomos de un capitalismo
desbocado en el ilimitado campo del mercado global, está resolviendo
muy mal. En este punto se tambalea incluso la más cauta idea de
progreso, la de un progreso ético sólo postula- do y de ninguna
manera garantizado, planteado como avance humanizador de las
instituciones políticas en la dirección señalada por derechos
humanos que pretendemos universales. EI incremento de las cotas de
violencia en nuestro mundo parece indicar que nos alejamos del
objetivo de unas relaciones humanas pacificadas, en las que seamos
capaces de resolver civilizadamente los conflictos.
Si
en nuestras sociedades germinan con tanta fuerza tan variadas semillas
de comportamientos destructivos es porque encuentran un terreno idóneo.
En otras sociedades del pasado, con intensos potenciales de violencia,
la situación se veía equilibrada no sólo por las formas en que la
violencia se reprimía, sino también por las maneras en que se
canalizaba. Sabido es que los rituales religiosos, y éstos se
ramificaban por todos los ámbitos de la realidad social, incluidas
sus prácticas sacrificiales, eran decisivos en la amortiguación de
los potenciales de violencia. Teniendo toda sociedad un fondo de
violencia que siempre asoma por muchas de sus prácticas e
instituciones, es fundamental para ella cómo la encauce y la limite,
tanto hacia fuera como hacia dentro, para salvar la convivencia y
hacer posible su perdurabilidad. Lo religioso ha cumplido funciones
decisivas en el tácito «pacto social» contra el autodestructor
exceso de violencia. Como ha mostrado René Girard, lo sagrado, en
torno a lo cual las diversas culturas han trazado sus círculos
autoprotectores de tabúes, se ha vinculado a esa fuente última de
poder y de violencia en la que cada sociedad ha visto a la vez su
fundamento y su mayor peligro. Las causas de que los dioses fueran
temidos y adorados eran las mismas que hacían que la violencia fuera
peligrosa y fascinante. Pero los rituales aseguraban el equilibrio,
trazaban las fronteras de la realidad y ayudaban a distinguir lo bueno
y lo malo; rememoraban el sacrificio fundacional de una «víctima
propiciatoria» a la vez que las celebraciones servían para impedir
que la violencia originaria se extendiera ilimitadamente por
interminables cadenas de venganzas de sangre. Sin duda, los rituales
suponían una eficaz «gestión comunitaria» de la violencia (11).
En
el mundo contemporáneo, configurado de forma determinante bajo moldes
occidentales y marcado, por tanto, por una civilización tecnológica
y una economía capitalista que en su desarrollo han ido entrelazadas
con un intenso proceso de secularización, han perdido vigencia los
rituales religiosos y la relación con lo sagrado que en otras
sociedades y culturas sirvieron para limitar y canalizar la violencia.
La desacralización de nuestro mundo nos ha dejado, a este respecto, a
la intemperie, provocando una situación de crisis que parece
prolongarse indefinidamente. Es verdad que hemos ganado el Estado
moderno y una democratización de la vida política que suponen
irrenunciables progresos civilizadores en cuanto a instituciones
propias de una sociedad secularizada y procedimientos idóneos para el
ejercicio de una racionalidad autónoma. Ellos apuntan a la reducción
al mínimo de la carga de violencia de nuestra convivencia colectiva.
Sin embargo, lo que indudablemente se gana con la legalidad democrática
de un Estado de derecho parece que se pierde por otro lado, máxime
cuando no se ha logrado que la humanización propiciada por la
transición de formas religiosas eminentemente sacrificiales a una
religiosidad profética en que prima la exigencia moral tenga una
mayor incidencia pacificadora en la dinámica de nuestras sociedades.
Ciertamente, los recursos jurídicos y políticos establecen
procedimientos civilizados para resolver los conflictos, pero no
llegan a neutralizar muchas causas de conflictos. Y lo que no hacen,
porque les excede, es cambiar los corazones en los que anida la
violencia.
En
el terreno de las motivaciones, al fin y al cabo el del sentido,
los recursos políticos quedan por detrás de lo que podían hacer los
recursos religiosos movilizados en los rituales en torno a la
violencia y lo sagrado. Para superar ese déficit que acompaña
a los procesos de racionalización cultural, en los cuales se producen
inevitables pérdidas de sentido al hilo de la insoslayable
desmitificación que ha de ejercer la razón crítica, el pensamiento
ilustrado previó la necesidad de impulsar la educación moral. En
ella se situaba la clave para que los individuos, en sociedades
secularizadas y pluralistas con un Estado laico, adoptaran una moral
autónoma de carácter postconvencional, desde la que insertarse de
manera humanizante en unas relaciones interpersonales y
sociales liberadas de las constricciones autoritarias de la práctica
religiosa tradicional. La cuestión es que, de hecho, estamos muy
lejos de que se difunda y cuaje en la medida suficiente esa educación
moral con sus metas humanistas. Si, además, el pluralismo se
vive sin ni siquiera asentar bases comunes de encuentro en lo
fundamental -los procedimientos y el «espíritu» de la democracia y
un principio de justicia susceptible de ser compartido por todos-,
entonces crece sin limites el politeísmo axiológico anunciado
por Weber y la anomia detectada por Durkheirn. El resto lo hace
el individualismo rampante de una sociedad muy competitiva que no ha
sabido reemplazar los antiguos vínculos comunales con otros vínculos
solidarios que refuercen la conciencia de humanidad compartida.
La
última tentación para esos individuos es volverse hacia los ídolos
de la tribu, buscando seguridades y queriendo llenar como sea un
enorme vacío de identidad. En sociedades complejas en las que falla
la socialización se da una notable individualización de la violencia
y un auge de conductas gregarias de carácter muy violento en las que
los individuos aislados compensan de todo aquello de lo que carecen.
De la tensión entre aislamiento y masificación saltan las chispas
que hacen explotar la violencia que los individuos llevan reprimida. Y
a falta de lo sagrado de otras épocas, se sacralizan los fines
en función de los cuales esa violencia actúa y esa misma violencia
en su irrestricta facticidad. La vida se hace más difícil y la
espiral que alienta la violencia alimenta la cultura necrófila. Su
difusión la hace fácil la insolidaridad de un modo de vida
estructurado por el consumo privatista y una tecnología manejada
desde el trasfondo de un nihilismo cultural que sume a los individuos
en la indiferencia y a las sociedades en el desconcierto. No hay que
perder de vista la conexión entre «tecnología del poder» y racismo
de Estado que hemos conocido, conexión de la que no podemos decir que
esté definitivamente superada (12).
Las
soluciones a las problemáticas de violencia no pueden venir por la vía
de trasnochados restauracionismos religiosos o políticos de signo
integrista. Precisamente por eso hemos de hacer un diagnóstico
certero de los procesos en que estamos inmersos. Así, en una situación
en la que han desaparecido fuertes constricciones de antaño y bien
podía ser terreno apto para el despliegue de nuestras legitimas
diferencias, resulta por el contrario que se impone con suma facilidad
el rechazo del diferente. Sobre éste recae todo el peso de la
desigualdad mantenida y reforzada por quienes, en situación
dominante, imponen su diferencia a costa de la de los otros. Las prácticas
de exclusión renacen entonces, máxime en épocas en que se acentúan
los factores de crisis, con el agravante de que entre ellos es un
factor decisivo cómo se aprecien subjetivamente todos los demás –
aunque los hechos, analizados más críticamente, contradigan dicha
apreciación-. En esos momentos de cambio, cuando las fronteras se
desdibujan o las migraciones nos traen dentro al otro, que deja
de ser exótico para llamar a la puerta de nuestro modo de vida y
cuestionar la cómoda instalación en nuestros intereses, entonces es
cuando zozobran las identidades tradicionales y cuando el egoísmo,
los falsos temores y las solidaridades etnocéntricas se refuerzan
mutuamente para generar el rechazo al otro, su exclusión y, en el
extremo, su negación. Y cuando el otro, cualquier otro,
no es reconocido por nosotros -por mí- como plenamente humano,
todo está listo para que avance la barbarie arrastrando a su paso
todo vestigio de civilización humanizante: los derechos humanos, la
democracia, la tolerancia, el diálogo, etc.
La
dinámica de la exclusión, a diferencia de la trabajosa de la inclusión,
se hace arrolladora y hay que saber que no es fácil resistir: las
personas «normales», que ni son psicópatas ni en su vida han dado
muestras de especial agresividad, pueden verse ejerciendo como el
verdugo que nunca imaginaron ser. Hay sobrada experiencia histórica
de esa deriva del «hombre normal» al «hombre-masa», saltando desde
su vida privada a la más brutal violencia contra el diferente
que la masa excluye. La dinámica negadora del otro, acaba
tratando a ese otro como «chivo expiatorio» sobre el que se
proyectan patológicamente los temores infundados de la colectividad.
Para tantos y tantos individuos «normales», sumarse a una gran
colectividad que restaura los vínculos tribales, para sumirse
en una violencia que se quiere omnipotente, es la otra cara de la
propia impotencia (13).
Actualmente
es sobre todo el otro diferente el que es «sacrificado» en
los altares de esos nuevos ídolos que son los de la identidad. De
nuevo se muestra el vinculo entre la violencia y lo sagrado, pero
ahora totalmente pervertido cuando sobre los altares mitificados por
los más variados fundamentalismos, incluidos los de la soberanía y
la autodeterminación, el «sacrificio» implica la profanación de lo
que en verdad, y en otro sentido, debe ser sagrado, es decir,
intocable: cada uno de los seres humanos en su dignidad, esto es, en
la integridad de los derechos que hemos de defender como inherentes a
su humanidad. Aunque para evitar equívocos, frente a lo que la
violencia sacraliza y frente a la misma sacralización
de la violencia, eso que debe ser lo único sagrado es mejor
considerarlo como lo «santo», según propone Emmanuel Lévinas desde
una metafísica atea que hace coincidir la «religión» con la
relación interhumana en cuya inmanencia se «revela» la
trascendencia del otro. Para una razón secularizada, capaz de retener
la mejor herencia de la religión no dejando a medias una mala
secularización – que siempre conduce a erigir nuevos ídolos como
sucedáneos del Dios «expulsado» –, la santidad del otro,
ya sin ningún resabio «numinoso», como dice Lévinas, consiste en
«la inviolabilidad ética del otro». Su reconocimiento, que conlleva
la exigencia de respeto incondicional a ese otro, es el que viene
exigido por el mandato originario que él mismo nos formula: «no
matarás» (14).
En
tiempos duros, o al menos de perplejidad, hay que impedir que lo que
amenaza se cumpla. Hay que atajar el racismo y frenar la xenofobia.
Serán impotentes los discursos sobre inclusión democrática de las
minorías, solidaridades más allá de las fronteras, mestizaje como
interrelación fecunda de las diferencias..., si no asumimos con todas
sus consecuencias el imperativo moral que conlleva el reconocimiento
de la «santidad del otro», de su humanidad, es decir, el
imperativo categórico de respetar incondicionalmente al otro en su
dignidad. El paso siguiente es darle adecuada traducción legal y
eficacia política El otro, cualquier otro, nos lo exige convocándonos
a nuestra responsabilidad. Si nuestra respuesta es de acogida
no sólo habremos respetado su dignidad, sino que también habremos
salvado la nuestra, y con ella «justificado» nuestra libertad y
encontrado el sentido de nuestra humanidad. La violencia seguirá
acechando, pero habremos hecho más transitable y esperanzador el
camino hacia el mundo como espacio de ciudadanía compartida
o de extranjería en común. Para el caso tanto da, en lo que
es este mundo nuestro que debería ser «patria de la humanidad»
pero que necesita, para que de verdad lo sea, que se derriben todos
los altares idolátricos sobre los que, hoy por hoy, se sigue
derramando la sangre de victimas inocentes. Es de justicia.
11.
Cf. Girard, R., La violencia y lo sagrado [1972],
Anagrama, Barcelona 1998.
12.
Cf. Foulcault, M., Genealogía del racismo
[1975-76], La Piqueta, Madrid 1992, 90 ss. y 263 ss.
13.
Sobre la adhesión de los individuos
"normales" a la dinámica destructiva de la violencia, véase
Arendt, H., Los orígenes del totalitarismo [1951], Taurus,
Madrid 1999, 419-422. Podemos recordar las recientes declaraciones del
juez chileno Juan Guzmán, por lo demás muy pertinentes para sacar
adelante el proceso jurídico contra Pinochet, calificando a éste
como "un hombre extraordinariamente normal".
14.
Cf. Lévinas, E., Totalitarismo e infinito [1961]
Sígueme, Salamanca 1955, 209, 212, 236-238 y 272.
José
A. Pérez Tapias
(Profesor
de filosofía de la Universidad de Granada)
|