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Hay, pues, valores y virtudes en sí, más allá de toda convencionalidad, la justicia «en sí» como fundamento del orden socio-político, la figura del filósofo -crítico para con la realidad, situado por encima de intereses mezquinos y preparado para la muerte-, como modelo del ser humano y el único capaz de regir la polis.
Platón.
METAFISICA
Para comenzar, lo haremos con un fragnennto de El Mito de la Caverna de Platón. Lo he elegido por su profunda similitud con la sociedad en la que nos ha "tocado" vivir y dejar vivir, dicho más claramente, sobrevivir. Si logramos esto -continuar sin claudicar-, habremos conseguido, andando por el agudo filo de la navaja, escapar de la sórdida caverna. Así, una vez fuera de las tinieblas y bajo la luz del sol, y habiéndonos acostumbrado a recibir su luz de forma directa, "no las imágenes de él en las agua o en donde quiera que sea", habremos dado un gran paso hacia la gran liberacion final.
Comienza el fragmento:
"Considera ahora la clase de liberación de las cadenas y curación de la ignorancia que tendría lugar si les aconteciese algo como lo siguiente: que alguno fuese desatado y súbitamente obligado a levantarse y a volver la cabeza y a caminar y a mirar hacia la luz, de modo que, haciendo todo esto, se dolería y, a causa del deslumbramiento, sería incapaz de mirar aquellas cosas cuyas sombras veía antes; ¿qué crees que diría si alguien le dijese que antes veía naderías y que más bien es ahora cuando ve algo que está más próximo al ser y cuando, vuelta la mirada a una posición más recta mira hacia algo más ente?; ¿y cuando, mostrándole cada una de las cosas que pasan [a lo largo del muro], se le obligase a contestar a la pregunta “qué es”?; ¿no crees que se encontraría en un callejón sin salida y que pensaría que lo que veía antes es más verdadero que lo que ahora se le muestra?"
—"Desde luego".
—"Y si se le obligase a mirar hacia la luz misma, ¿no crees que le dolerían los ojos y que huiría, volviéndose de nuevo hacia aquello que puede contemplar, y que tendría esto por realmente más evidente que lo que le es mostrado?"
—"Así es."
—"Y si desde allí alguien lo arrastrase por la fuerza a través de la ruda y escarpada salida [de la caverna], y no lo dejase antes de arrastrarlo hasta la luz del sol, ¿no es cierto que, en tal arrastre, se dolería vivamente y se irritaría, y que, después de que llegase a la luz, por tener los ojos llenos del resplandor, no podría ver nada de lo que ahora se le dice que es verdadero?"
—"No podría, en efecto, al menos de repente."
—"Sin duda necesitaría acostumbrarse, si debe llegar a ver lo que está arriba. Y primero podrá mirar con mayor facilidad a las sombras [de las cosas bajo la luz del sol], y después a las imágenes de los hombres y de lo demás en la superficie de las aguas, y más tarde a las cosas mismas; partiendo de esto, podrá contemplar lo que hay en el cielo y el cielo mismo, y lo contemplará con más facilidad de noche, mirando hacia la luz de las estrellas y de la luna, que de día el sol y la luz del sol." —"¿Cómo no?"
—"Finalmente podrá mirar al sol, no las imágenes de él en las aguas o en donde quiera que sea, sino al sol mismo en sí, en su propio lugar, y contemplarlo tal como es."
Termina el fragmento.
Un poco de historia de la Grecia clásica.
El 478 a.J.C. se formó la liga de Delos, que tenía como fin teórico expulsar a los persas de las ciudades griegas de Asia Menor. La dirección de las operaciones y la guarda del tesoro quedaron encargados a Atenas, que de este modo consagraba el predominio ateniense en la alianza. La paz de Calias (449 a.J.C.) dio la independencia a las ciudades griegas del Egeo, acentuó el predominio ateniense e indujo a esta ciudad a intentar extender su predominio a toda Grecia. Esparta encabezó la oposición a este predominio y a partir del 446 a.J.C. el país quedó dividido en dos zonas de influencia.
Entre este año y el 431 a.J.C. Pericles embelleció Atenas, extendió el comercio y perfeccionó el sistema democrático, pero no logró unificar Grecia. La guerra del Peloponeso (431 a.J.C.-404 a.J.C.) enfrentó a las dos potencias griegas por el predominio en el país. Atenas saqueó las costas del Peloponeso, mientras Esparta lo hacía con los campos del Ática. El 430 a.J.C., la peste se propagó en Atenas y Pericles fue destituido, aunque se le volvió a llamar el 429 a.J.C., año en que murió. La paz de Nicias (421 a.J.C.) pretendió establecer una paz sin vencedores ni vencidos, pero la lucha continuó. El 405 a.J.C., la flota ateniense fue hundida en Egospótamos y el 404 a.J.C. Atenas aceptó una alianza con Esparta y la presencia de tropas espartanas en la ciudad. Esparta se convirtió en la única potencia griega, pero cedió ante Persia, a la que por la Paz de Antálcidas hubo de entregar (386 a.J.C.) las ciudades griegas de Asia Menor.
Atenas se acercó a Tebas y la victoria del general tebano Epaminondas en Leuctra el 371 a.J.C. inició su predominio, que fue breve; Atenas y Esparta se aliaron y, a pesar de la victoria tebana de Mantinea en 363 a.J.C., se estableció un equilibrio entre las tres ciudades.
El Imperio macedónico y el helenismo.
Macedonia era un Estado situado al N de Grecia que, aunque profundamente helenizado, los griegos consideraban como bárbaro. Su rey Filipo II impuso su autoridad, reformó el ejército, creó la falange macedónica e intervino en los conflictos griegos. El 338 a.J.C., la batalla de Queronea hizo que las ciudades perdieran su independencia y tuvieran que entrar en la liga de Corinto dirigida por el rey macedonio. Planeó la conquista del Imperio persa, pero el 336 a.J.C. murió. Su hijo Alejandro Magno (336 a.J.C.-323 a.J.C.) conquistó el Imperio persa y a su muerte sus generales se repartieron el Imperio. La cultura griega se difundió por lo que había sido el Imperio persa y se mezcló con influencias indígenas para dar lugar al helenismo.
Durante el s. III a.J.C. las ciudades griegas lograron una cierta independencia bajo la tutela de Macedonia. Filipo V de Macedonia apoyó a Aníbal durante la segunda guerra púnica y Roma obtuvo la alianza de las ligas Etolia y Aquea. La victoria romana de Cinoscéfalos el 197 a.J.C. devolvió la independencia a las ciudades griegas, aunque bajo predominio romano. El 148 a.J.C. Macedonia se convirtió en una provincia de Roma y el 146 a.J.C. toda Grecia quedó incorporada a Roma. Entre el 88 y 84 a.J.C., muchas ciudades griegas apoyaron a Mitrídates, rey del Ponto, enfrentado a Roma en su deseo de independencia, pero su derrota trajo consigo el saqueo de Atenas.
Grecia perdió importancia política, económica y militar, pero no cultural. En Roma se admiraba la cultura griega, los hombres cultos conocían su lengua y leían a los clásicos. Se imitaban las obras literarias o históricas de la época clásica y un viaje a este país era el complemento indispensable de la formación de la clase dirigente romana. Los juegos deportivos seguían atrayendo a numerosos visitantes y diversos emperadores actuaron como mecenas en favor de su cultura y arte.
Algunos personajes griegos y no griegos con sus clásicas metas.
Andrónico de Rodas fue quien acuñó el término de metafísica al designar con este nombre determinadas obras de Aristóteles, posteriores a los tratados de física del mismo autor; en ellas se reflexionaba sobre la necesidad de una nueva ciencia que tuviese por objeto el ser. De este modo, Platón, en tanto que supone que las ideas son el verdadero ser, puede figurar como autor de la primera filosofía metafísica. Aristóteles, discípulo de Platón y al que éste pensaba dejar como secesor, señaló que absolutamente todos los objetos tienen en común el ser; así, la metafísica debe preguntarse por los primeros principios y las causas últimas de la realidad. La metafísica no supone la negación del mundo exterior, independiente del sujeto humano, que supondría más bien un solipsismo o un puro subjetivismo, extremo que quiso evitar Platón con su idealismo En la Edad Media esta filosofía fue identificada con la teología, en tanto que Dios es el verdadero ser y el principio y fin de todas las cosas. Con Descartes, la metafísica pasará de ser la ciencia de Dios a ser el fundamento que sostiene y justifica todas las ciencias, quedando el problema del ser subordinado al del conocimiento («pienso, luego existo»). El empirismo de Hume impugnará el sistema cartesiano al considerar que todo conocimiento deriva de la experiencia y que los problemas metafísicos superan los límites marcados por aquella; la metafísica tiene que ser sustituida por la experiencia. Kant respondió a este escepticismo indicando que la metafísica queda fuera del conocimiento posible para el hombre pero que actúa de modo intuitivo, «a priori», sobre la experiencia: las ideas metafísicas no se pueden probar, pero tampoco se debe renunciar a ellas; en último término, deben ser justificadas por la moral.
Hegel convirtió la metafísica en lógica especulativa al introducir la dialéctica, resultante del encuentro entre ser y pensar. Marx se opuso a la metafísica y fundamentó la esencia del ser en el análisis económico y social de la historia, de la que las interpretaciones metafísicas son producto; junto a Engels sostuvo la tesis hegeliana que mostraba la dialéctica como superación de la metafísica. Posteriormente, Heidegger impuso la necesidad de recuperar la metafísica para lograr comprender el problema del ser. Con Sartre, la metafísica ha sido entendida como un inmenso intento de estructurar y analizar la condición humana en su totalidad.
El ser.
Existencia, el hecho de existir. La analogía del ser o del ente en Aristóteles y en la tradición cristiana, se basa en la teoría según la cual el ser se toma en varias acepciones y se dice de muchas maneras. El no ser es el concepto límite que designa la ausencia de ser. Tanto en griego como en latín (y a diferencia, por ejemplo, del hebreo o del árabe), el verbo «ser» tiene tanto un significado existencial como predicamental. La distinción, pues, entre esencia y existencia es aportada en la historia de la metafísica occidental por la fe judeo-cristiana y reafirmada por el islam, en virtud de su concepción creacionista, contingentista e histórica de la realidad, concepción del todo ajena al mundo greco-latino, en el que dominaba el concepto de necesidad. La ausencia, originariamente griega, de dinamismo, de historicidad y de libertad en el seno del ser marcará de modo decisivo el desarrollo de la metafísica durante siglos (incluso de la metafísica cristiana) y se plasmará a su vez en un dualismo de fondo, en virtud del cual el ser auténtico es inmutable, fijo y eterno, mientras que la realidad sensible e histórica sólo tiene un ser apariencial. El parmenidismo siempre latente en Platón y el platonismo siempre presente en Aristóteles impidieron a toda la Edad Media, al heredar como filosofías de base tanto el neoplatonismo como el aristotelismo, la configuración de un nuevo pensamiento sobre el ser, el cual sólo conseguirá abrirse paso a partir de la modernidad, que descubrirá en el sujeto, dinámico y relativo, y en su historicidad, el nuevo centro de lo real, del ser y de la esencia. La contingencia que, para judíos, cristianos y musulmanes, anidaba en el ser se traduce en la importancia que el concepto límite de la nada adquiere desde el idealismo. La historia occidental de la reflexión sobre el ser ha tendido, por otro lado (como subraya Heidegger en nuestro siglo), a confundir ser y ente (se habla, así, de todos los seres del mundo), confusión que, aunque ajena del todo al sentido de contingencia semítico-cristiana, ha afectado de hecho a la misma idea de Dios (entendido con demasiada frecuencia como una cosa más entre todas, como un ente al lado o por encima de los otros, y no como una realidad que está más allá de toda esencia y de la que no cabe hablar en términos de ente, sino sólo de ser, entendido siempre en clave analógica: salvo en el panteísmo, el ser de los entes no es el ser de Dios.
Etica.
"La moralidad es la base de la expresión humana. Es el atributo del buen cuidadano." Shri Anandamurti, yogui. Disciplina que trata de la valoración moral de los actos humanos, además de conjunto de principios y de normas morales que regulan las actividades humanas. Del griego «ethos», el término ética equivale etimológicamente al de moral (del latín «mos, moris»: costumbre, modo de comportarse); sin embargo, el uso parece asignar a este segundo término una connotación teológico-religiosa, atribuyendo al primero otra más filosófica, o bien reserva el de moral para la moral práctica o vivida, mientras que designa con el de ética la reflexión sistemático-filosófica sobre dicha moral. Como filosofía moral o axiología, la ética habla del comportamiento humano bueno o malo; sin embargo, también apunta a aquella fuerza moral a la que aluden expresiones como moral elevada o alta y moral baja, que se manifiesta en sentimientos, inclinaciones y pasiones que a veces ciegan, pero cuya ausencia lleva a un estar sin moral, a la falta de esperanza, a la «acedia» de los medievales, esto es, a la pereza radical, al tedio y al hastío. La moral ha de empezar como ética antropológica (enraizada en la misma estructura del hombre: estructura moral de libertad, autenticidad y responsabilidad); sólo después vendrá la ética normativa que evalúe contenidos morales; sin embargo, ésta nunca ha sido única, sino que ha estado determinada por el criterio adoptado como norma: en la ética teleológica, el fin (que pudo ser a su vez el bien moral, en la ética de la virtud, o el bien supremo: ya fuese la felicidad, en el eudemonismo, o Dios, en la ética teológica); en la ética deontológica kantiana, el «deber» (el dictado de la conciencia y la buena voluntad), etc. Aún de forma inconsecuente (la conciencia del deber implica una dimensión social), el individualismo acompañó a la ética kantiana, provocó la reacción de Hegel y exige aún hoy buscar una ética civil de convivencia: aunque no puede suprimirse el pluralismo práctico de morales vividas, ha de convenirse en unos mínimos comunes a todo ciudadano (esto es, los mínimos propios de la convivencia democrática), jurídicamente establecidos por la constitución, de modo que el teórico de la moral pasa de la ética filosófica a la filosofía del derecho. Más sutil que tales reduccionismos ha sido sin duda el de la metaética (discurso sobre el discurso ético), que sustituye la ética por la lógica del lenguaje moral y por el análisis lingüístico del mismo. Pero el hallazgo de la dimensión pragmática del lenguaje mismo (cuyos juegos resaltó Wittgenstein) abre una comprensión ética del juego del discurso y de la acción comunicativa. Con Habermas y Appel (y sobre fondo de hermenéutica heideggeriana) surge, así, la fundamentación pragmática trascendental de dicha acción comunicativa a partir de una estructura anticipante del hombre: en el sentido de que todo acto de preguntar o de argumentar de forma ética supone (como condición misma del diálogo) una norma comunitaria al respecto. Aunque parezca que se reincide en la ética utópica, no se trata aquí de una realidad alternativa empíricamente posible (como en las utopías clásicas), sino de una anticipación contrafáctica, o idea regulativa kantiana no individualista. Por eso es preciso redescubrir al hombre, mediante una antropología ética, como un ser radicalmente moral, ético, y buscar en el diálogo con los otros (continuación del propio intradiálogo) un contenido moral, regla, modelo, virtud, «ethos», deber, valor, del que se pueda dar razón no como algo superpuesto a la condición humana, sino como proyecto que ésta, anticipándose, es y cuya realización requiere fuerza moral (la moral elevada que sustituya a un estar sin moral).
Empirismo.
Corriente de pensamiento según la cual todo conocimiento es reductible a la experiencia. Más allá de su sentido puramente metodológico (que la misma realidad ha evidenciado como inviable, pues no hay práctica ni experiencia que puedan prescindir del todo de la teoría), el empirismo se refiere más bien a los orígenes, y no al desarrollo ni a las derivaciones del conocimiento, y supone la afirmación de que todo conocimiento parte de la experiencia (se opone así al racionalismo, en la medida en que éste supone y defiende las ideas innatas). El hecho de que, según Locke, la experiencia sea la clave de la teoría del conocimiento no implica, sin embargo, caer necesariamente en el sensualismo: Hume completará, en este sentido, los análisis lockeanos y se referirá, entre los principios que rigen el conocimiento, a mecanismos psicológicos (impresiones, ideas, hábitos, principios asociativos) que, a partir de las sensaciones, explican la compleja arquitectura del conocer; sin embargo, la ineludible referencia a la experiencia lleva a la vez a Hume a criticar la interpretación tradicional de la relación causal, tenida por ontológica, y a reducirla a derivación de la experiencia misma. Esta concepción asociacionista de la causalidad fue acentuada por J. Stuart Mill, quien concede así a la esperanza fundada en una creencia subjetiva un lugar en la teoría del conocimiento, el cual incluye con ello una superación (no justificable de manera objetiva) de lo dado. Una ulterior superación es la aportada por W. James con su teoría pragmática de la verdad, según la cual la certeza de una idea se establece en función de su capacidad para ser comprobada.
Racionalismo.
De carácter gnoseológico a la vez que metafísico, el racionalismo moderno parte de la convicción de que la realidad es inteligible. Sus raíces se remontan, en este sentido, a Parménides, aunque en éste haya una simplificación del planteamiento racionalista. Preocupado por el problema del método (Bacon, Descartes, Leibniz, Spinoza, Hume, Kant), y, en particular, del método matemático, el racionalismo remite también a Platón (cuyo dualismo de fondo no deja, por lo demás, de reproducir). Por otra parte, la oposición entre racionalismo y empirismo no es en modo alguno acertada, pues ni el racionalismo olvida la experimentación («empiría»), ni el empirismo deja de ser racionalista. Más bien debería hablarse de un racionalismo cartesiano (continental) frente a un racionalismo empirista (británico), uno y otro convergentes en Kant, en quien, en fin, no menos que en Leibniz y en Spinoza, se afirma el sentido más contemporáneo del racionalismo como posición ilustrada (desconfiada, cuando no claramente adversa) frente al dogma y a la autoridad religiosos, posición que la Revolución francesa, el materialismo de los dos últimos siglos y el marxismo han ido reforzando hasta el presente.
Racionalismo y empirismo.
Denominación del período de la historia de la filosofía que cabe definir ya como inequívocamente moderno, en contraposición al talante del pensamiento medieval (aunque a la vez inseparable de él), y que engloba, como en una única unidad de fondo, las dos corrientes a que alude, hegemónicas en Europa durante el s. XVII. Dos configuraciones de una tendencia filosófica Pese a lo que suele decirse, racionalismo y empirismo no son dos corrientes de pensamiento contrapuestas, sino más bien dos configuraciones diversas y, hasta cierto punto, extremas de una única y coincidente tendencia filosófica de la modernidad. Es cierto que el racionalismo (cartesiano) parte de la convicción de que la realidad es inteligible y la razón permite al ser humano conseguir, en principio sin límite, la inteligibilidad de lo real, y no es menos cierto que el empirismo, de una manera intrínseca (y a veces exclusiva), reduce el alcance y la validez del conocimiento racional al ámbito de la experiencia; pero ni el racionalismo olvida la experiencia, ni el empirismo deja nunca de ser racionalista. Así pues, sería acaso más apropiado hablar de un racionalismo cartesiano, continental, y de un racionalismo empirista, británico: uno y otro convergen en la Ilustración (s. XVIII) y buscan su síntesis en I. Kant. Y en éste enraízan o a él remiten los más diversos tipos del idealismo contemporáneo: el idealismo trascendental del propio Kant y de sus epígonos inmediatos; los idealismos subjetivo, objetivo y absoluto, de los tres grandes idealistas alemanes (s. XIX); e incluso el idealismo fenomenológico, por un lado, y el neokantismo neopositivista, por otro (s. XX), como nueva y actual bipolarización -equivalente a la escisión moderna entre racionalismo y empirismo- de aquel núcleo filosófico de la modernidad que Kant pretendía sintetizar. Aunque hegemónicos en el s. XVII, el racionalismo y el empirismo europeos no son las únicas filosofías de la llamada modernidad; al igual que el hecho de que sea en dicho siglo en el que dominen tampoco quiere decir que no echen sus raíces en las postrimerías del s. XVI ni que se extiendan hasta entrado el s. XVIII. La historia del pensamiento específicamente moderno tiene, pues, en R. Descartes (1596-1650) su incuestionable epicentro y su figura clave (cuya proclama racionalista es inseparable de la preocupación científica moderna, preocupación que bien puede caracterizarse como radicalmente empirista); pero en él, también sin duda alguna, cabe incluir tanto a F. Bacon (1561-1625) como al mismo G. Berkeley (1685-1753), figuras, por lo demás, tan peculiares, originales e inclasificables como las de la mayoría de los restantes pensadores del racionalismo cartesiano (B. Spinoza, N. de Malebranche y G.W. Leibniz) o las de aquel empirismo británico (T. Hobbes y J. Locke) al que suelen adscribirse. Otras filosofías de la modernidad Asimismo, la filosofía del s. XVII tampoco se reduce a sendos racionalismos cartesiano y empirista: aunque no ajeno al cartesianismo, ni al interés científico (fue uno de los más grandes matemáticos de todos los tiempos), B. Pascal abre como una brecha hacia el humanismo renacentista («razones del corazón»), la apologética medieval y posmedieval (la «apuesta»; la gran obra cuyo esbozo son los «Pensamientos») y el pesimismo de los reformados (relación con Port-Royal; las «Provinciales»). Afín a ella es la grieta que en el ámbito británico representan los deístas y librepensadores ingleses o irlandeses (R. Hooker, ya en el s. XVI, E. Herbert de Cherbury y B. Whichcote; y, a caballo de los s. XVII y XVIII, M. Tindal y J. Toland), no ajenos ni al racionalismo empirista (Locke era deísta) ni al naturalismo (tan renacentista como moderno), pero cuya preocupación religiosa niega la reserva empirista para con lo metafísico (reserva que se rompe preidealísticamente en Berkeley, precisamente como reacción frente al deísmo naturalista de su tiempo); y siguen también su vía peculiar tanto los «platónicos» de Cambridge (R. Cudworth, H. More), cuna del puritanismo, como Shaftesbury y F. Hutcheson, o J. Butler y S. Clarke (famoso por su polémica con Leibniz sobre la idealidad o realidad del espacio). La dialéctica de polarización y contacto existente entre racionalismo y empirismo no deja de ser, por lo demás, expresión acabada de la nueva ciencia moderna, que, con figuras como las de Galileo, Kepler y Newton, conoce en el s. XVII su consagración histórica: dicha ciencia, en efecto, se basa en la experiencia (constatación previa y verificación ulterior empíricas) tanto como en la más pura razón (hipótesis de trabajo y matematización generalizada). Dicho s. XVII presenta, sin embargo, una radical incoherencia con cuya constatación y denuncia debe cerrarse la presentación de la filosofía del mismo: en el siglo de la razón y de la reserva empírica, frente a ideas e ideales suprasensibles sigue dominando la irracionalidad bélica (no ajena a ideologías religiosas o imperialistas): la de una guerra, la de los Treinta Años, en la que toda Europa se halla comprometida de 1618 a 1648 (y hasta 1659, en el caso de las coronas castellana, desde 1640, ya sin Portugal, y francesa, y del principado de Cataluña, que perderá la llamada Cataluña Norte, hasta entonces suya).
Sócrates.
"Solo es útil el conocimiento que nos hace mejores." , "Sólo hay un bien: el conocimiento. Sólo hay un mal: la ignorancia." (Alopeke, 470-Atenas, 399 a.J.C.) Filósofo griego. Hijo de un escultor (Sofronisco) y de una comadrona (Fenareta), la vida de Sócrates puede resumirse en el intento de moldear, cual escultor, los espíritus y ayudarles, así (a modo de comadrona), a dar a luz la verdad. Pero junto a esta versión platónica del personaje, hay otros Sócrates bien distintos (como el de Jenofonte o el de Aristófanes). No escribió nada, ni profesó enseñanza oficial; y, pese a ser considerado fundador de la filosofía moral (axiología), al respecto no queda de él doctrina alguna, si no es la del intelectualismo ético que pone en su boca Platón (y que éste acabó rechazando). Suelen atribuírsele la ironía y la mayéutica como aspectos negativo y positivo, respectivamente, de su método de búsqueda de la verdad; y las expresiones «conócete a ti mismo» y «sólo sé que no sé nada» como sus máximas preferidas.
Platón.
"Frío e insípido es el consuelo cuando no va envuelto en algún remedio." (Atenas, c. 427-id., 347 a.J.C.) Filósofo griego. De familia noble, frecuentó los círculos militares y poéticos, pero ante su falta de éxito siguió la enseñanza de Sócrates, a cuya muerte (399) viajó a Egipto y al S de Italia, conociendo el pitagorismo y entablando amistad, en Sicilia, con Dión, sobrino del tirano de Siracusa Dionisio. A su regreso a Atenas fundó la Academia (387). Volvió (367) a Siracusa, intentando en vano que el nuevo tirano aplicara en la ciudad su modelo político. Al morir, fue sustituido en la Academia por su sobrino Espeusipo. Es el primer pensador griego cuya obra se ha conservado íntegramente, y Aristóteles ha transmitido incluso fragmentos de su enseñanza oral en la Academia, al parecer discordante con sus escritos. Sus «Diálogos» (nombre que alude al género literario prácticamente exclusivo de sus escritos) suelen ser ordenados cronológicamente en tres grandes grupos. El primero, el de los diálogos socráticos, se centra en el proceso y la muerte del maestro («Apología de Sócrates y Critón») y en el método mayéutico («Hipias menor», «Cármides», «Laques», «Lisis», «Eutifrón», «Gorgias», «Menón», «Cratilo», «Eutidemo» y «Menexeno»). En el segundo grupo, el de los diálogos de madurez (literariamente, los más conseguidos), se tratan los grandes temas platónicos: la teoría de las ideas, la inmortalidad del alma, el amor ideal, la ciudad perfecta («El banquete», «Fedón», «La república» y «Fedro»). El tercer grupo es el de la vejez, o de los diálogos dialécticos, en los que el autor expone su cosmología («Timeo») o somete a revisión su teoría de las ideas («Teeteto», «Parménides», «El sofista», «El político» y «Filebo») o su doctrina política («Las leyes», obra inacabada); también inacabado es el «Critias». Trece «Cartas» (alguna de dudosa autenticidad) cierran el conjunto, aportando datos (sobre todo la «Carta VII») de gran interés biográfico. El pensamiento de Platón surge en un época de crisis política de Atenas (tras la guerra del Peloponeso y la derrota frente a Esparta), y es la democracia que sigue a los treinta tiranos la que condena a Sócrates, el justo; además, la caída de los tradicionales valores religiosos y morales da paso al relativismo ético de los sofistas y al debate sobre la base convencional o natural de la ley. Platón busca una respuesta a tales problemas. Sale en defensa de la memoria de Sócrates, elabora la teoría de las ideas y se afana por hallar un prototipo de la misma.