
El
próximo lunes 22 de septiembre, a las 04:33 GMT (la noche
del domingo en América, o el amanecer del lunes en Europa),
la misión Galileo llegará a su fin. Han pasado
14 años desde su lanzamiento a bordo del transbordador
Atlantis y 8 años desde que llegase a su destino, el
sistema de Júpiter. Será el fin de una de las
misiones más fructíferas y problemáticas
de la historia de la exploración espacial. Durante estos
ocho años, el Orbitador Galileo ha explorado en profundidad
el Planeta Gigante y sus cuatro grandes lunas, realizando observaciones
de alta resolución de sus superficies y atmósferas,
tomando ingentes cantidades de datos con sus instrumentos. Además,
ha realizado observaciones detalladas de Venus, La Tierra y
varios asteroides.
Pero todo esto ha llegado a su fin. En sus instantes finales,
la sonda Galileo se acercará a una gran velocidad hacia
el que ha sido su referente durante estos años para penetrar
en las capas altas de su atmósfera y desintegrarse en
pocos segundos. ¿Por qué este final tan drástico?
¿Por qué no sigue esta nave enviando datos y orbitando
el planeta?. Para tomar esta decisión se han tenido en
cuenta tres datos: la sonda no tiene combustible para maniobrar,
sus instrumentos están muy deteriorados por la radiación
y hay que evitar que la luna Europa quede contaminada por esta
nave.

Esta
veteranísima nave inició su viaje con una desagradable
sorpresa: su antena principal no pudo desplegarse por completo
, impidiendo la retransmisión de los datos adquiridos
a la Tierra, por lo que la misión se dio casi por perdida
nada más empezar. Sin embargo los ingenieros comprobaron
que en vez de usar esta antena podrían usar otra más
pequeña con la que la nave contaba, pero los datos tendrían
que ser transmitidos a una velocidad casi ridícula por
lo que el retorno científico sería mínimo.
El ritmo al que los datos iban a ser enviados a nuestro planeta
pasó de los 134 kilobytes por segundo a tan sólo
10 bits por segundo, es decir, en vez de recibir una imagen
por minuto se pasaría a recibir una imagen al mes. Los
técnicos de la misión se afanaron por encontrar
una solución y la encontraron: reprogramarían
toda la nave para que los datos que obtuviese los enviase a
la Tierra 'comprimidos' con lo que se podrían recibir
más datos que si se enviasen 'en bruto'. Además,
aprovecharían las semanas en las cuales la sonda no se
encontraría con ninguna luna para enviar los datos a
la Tierra. De esta forma se multiplicó por 200 la cantidad
de datos que se recibirían, lo suficiente como para recibir
200 imágenes al mes junto con los datos del resto de
instrumentos de la nave.
La misión tenía una duración original de
dos años (hasta 1.997) pero vistos buenos resultados
de la sonda y el buen estado de sus instrumentos se amplió
de nuevo dos veces, hasta 1.999 y hasta el 2.003. De esta forma
se tuvo la oportunidad de realizar numerosos sobrevuelos de
las lunas de Júpiter, en especial Io y Europa.
Sin embargo, el paso del tiempo hacía mella en la nave
y el combustible que permite orientar la antena hacia la Tierra
se estaba agotando. Por si fuera poco, la intensa radiación
que rodea al planeta había puesto en 'modo seguro' a
la nave en numerosas ocasiones, causando la pérdida de
datos y de control sobre Galileo, además de acabar con
algunos de los instrumentos, entre ellos la cámara principal
de la nave y la cinta de almacenamiento de datos. Incluso el
procesador de la nave, un chip modelo RCA 1802 de principios
de los 80 (usado en las primeras consolas de videojuegos como
el Pong), estaba ya muy deteriorado.

Vista la situación, en el año 2.000 se tomó
una decisión sin precedentes: estrellar la sonda contra
el planeta gigante. De esta forma se consiguen dos objetivos:
adquirir datos del entorno del planeta mientras la nave se acerca
a él y evitar que al quedar en órbita alrededor
de Júpiter de forma incontrolada, acabe en un futuro
estrellándose contra la luna Europa y contaminándola
con las bacterias que pudiese transportar abordo en su interior.
Europa es un satélite que podría albergar vida
bajo su corteza y los científicos no quieren contaminarla
con bacterias terrestres que pudieran confundir a una sonda
que la estudie en un futuro.