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Estilo de la celebración
La continuidad entre vida y celebración delinea el estilo de esta última.
Si la celebración es vida destilada y
concentrada, seguirá el estilo de la vida misma,
haciendo resaltar los rasgos de ella que
caracterizan a la fiesta.
Por tanto, el estilo de la celebración está en función del estilo de
la cultura; el umbral de la iglesia no impone un
cambio de talante, pues la sacralidad es tan intrínseca
a la vida como a la celebración.
El estilo de vida en la sociedad actual es secular, y el mismo penetra
en la celebración; el hombre es consciente de su
dignidad y de su fuerza; el cristiano sabe además
que la dignidad le viene de ser imagen e hijo de
Dios y la fuerza del vigor que Dios le comunica.
El mundo celebra al hombre; el cristiano, al
hombre
y a Dios su padre. Pero el estilo es similar. No
se establece con normas, pertenece a la esfera de
la expresión; el hombre de hoy usa para
expresarse un determinado estilo; sería
artificioso querer imponer uno diverso a la
celebración, ajeno a la sensibilidad de la
generación presente o del grupo concreto que se
reúne. Cada comunidad, libre y espontánea,
encontrará su manera.
Por tanto, el local para la celebración será más bien una sala de
fiestas que una iglesia tradicional con sus
asociaciones precristianas de «templo» . Es la
sala de reunión de la familia de Dios, deseosa de
pronunciar su amén a la creación primera y a la
segunda efectuada por Cristo. Este local o sala,
la domus
ecclesiae o «casa de la comunidad», según
la antigua y acertada terminología, ha de
reflejar los caracteres de la pascua que celebra,
siendo transparente y sobria, luminosa y apacible,
llevando a la activa profundidad de la creación
nueva.
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La Iglesia no es un monumento.
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La iglesia no es un monumento sacro para expresar la gloria de Dios ni
tampoco un simple centro para encuentros sociales.
Es un hogar común para el pueblo de Dios, espacio
funcional para la asamblea festiva, que ha de
expresar hospitalidad, familiaridad y alegría.
No hace falta que se distinga por fuera de los
edificios vecinos; la
iglesia‑edificio no ha de ser el signo
externo de la presencia del cristianismo en la
ciudad, concepto anacrónico y símbolo muerto. La
recomendación del Señor a cada uno de entrar
en su cuarto y cerrar la puerta cuando quiera
orar vale también para el grupo; no hay que hacer
espectáculo de la propia celebración. Basta
una casa entre las casas; siendo lugar de
celebración y hogar común, ha de ser más humana
que las otras; reflejará el modo de ser de la época
y, al mismo tiempo, el hombre nuevo en Cristo.
Las actitudes corporales pertenecen también al
estilo; como en los
primeros siglos, se prefiere estar de pie a estar
de rodillas. No es una decadencia en la fe, sino
una consecuencia de ella; al creer que Dios
considera
al hombre como a hijo adulto, la actitud
respetuosa
no es ya la del esclavo; como atestiguan numerosos
autores eclesiásticos, entre ellos Tertuliano
(fines
del siglo ir), san Basilio (siglo IV) y san Agustín
(siglo V), los domingos y todo el tiempo pascual
estaba prohibida la genuflexión, para recordar
que la resurrección de Cristo nos había
levantado de la caída 14. El canon 20 del
Concilio de Nicea sancionó esta costumbre, que
fue confirmada más tarde por el Concilio de la Cúpula
(in Trullo, año 691, canon 90). Celebrar y orar
de pie era precisamente símbolo de la nueva
condición del hombre, gracias a Cristo.
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También el vestido entra en el estilo. La reunión, más sencilla, prácticamente
no necesita indumentos peculiares. La fiesta, en cambio, se expresa también
por la vistosidad en el vestir. Sólo a fines del siglo iv empezaron a
usarse vestidos especiales para la celebración; hasta entonces se hacía
en traje de calle. San Juan Crisóstomo, obispo de Constantinopla,
cambiaba de manto para celebrar, lo que le valió acusaciones de soberbia.
La intención primera fue probablemente tener un manto limpio en la
iglesia por si el de calle no estaba del todo presentable. Los ornamentos
hoy en uso en las diversas iglesias de Oriente y Occidente derivan todos
de la antigua túnica y manto civiles del Imperio romano. También esta
usanza está sujeta al gusto de las épocas; si se adopta un vestido para
celebrar la fiesta, podrá inspirarse en los cánones de la elegancia o
fantasía contemporánea.
En la celebración no tienen precedencia los objetos, sino las
personas; el mobiliario, por tanto, ha de ser funcional, sin lugar
decretado a priori, según las necesidades de la concurrencia y el, tipo
de celebración. La mesa para la eucaristía, más tarde llamada altar,
por asimilación al Antiguo Testamento, era portátil y se colocaba en el
momento y lugar oportunos al empezar la segunda parte de la misa. En la
antigua cultura la silla era distintivo de autoridad; la gente solía
sentarse en escabeles bajos o en el suelo; esta costumbre retorna
curiosamente en el mundo moderno, con más comodidad ciertamente,
gracias a la difusión del alfombrado.
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Si alguno quisiera propugnar el estilo cultual de la asamblea
cristiana, basándose en la concepción sacerdotal del cristianismo,
expuesta en el capítulo segundo, debe recordar que las categorías
sacrificio‑culto‑sacerdocio forman un sistema simbólico que
describe simplemente la vida cristiana de fe y caridad. Expusimos allí
el sentido existencial del sacerdocio de Cristo y del cristiano. Si
interpretamos la vida cristiana como culto, hay que precisar
inmediatamente la diferencia entre ese culto y los de las religiones
precristianas. La connotación ceremonial exclusiva de la palabra culto
es propia de nuestras lenguas modernas; en latín cultus, derivado del verbo colo, “cuidar de”, se aplica lo mismo
al campo (cultivo), al cuerpo (cuidado) y a los dioses (honor); la idea
común es la de responder con acciones a las exigencias de cada una de
esas entidades. La palabra griega latreia,
«culto», aparece una sola vez en los evangelios (Jn 16,2 ), referida a
los perseguidores que pensarán dar culto a Dios matando a los cristianos.
El verbo correspondiente, latreuo,
es también raro, y el verbo hebreo `abad, al que traduce, significa
simplemente «servir» en todos sus sentidos: prestar servicio, ser
siervo, sirviente o servidor, servir a la patria o al rey. Referido a
Dios, toma el matiz de servicio a un soberano, a un dueño, sin especial
carácter cúltico. La concepción cultual de la asamblea cristiana
pertenece al estadio religioso, en que el culto estaba separado de la
vida. Una vez que Cristo ha identificado las dos esferas, el estilo de
vida es el estilo de culto.
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Una observación final. Aunque, interrumpe la tarea cotidiana, la
celebración no es un refugio para olvidar los agobios de la vida y la
maldad del mundo; olvido buscado es evasión. Se critica con derecho el
aturdimiento deliberado de la fiesta frívola, que anhela evadirse de la
realidad; si los cristianos pretendieran eso, estarían usando el mismo
estupefaciente con etiqueta distinta.
Algunos, sin buscar la evasión, no perciben el nexo entre celebración
y vida. Para ellos, pasar de una a otra equivale a cambiar de estación en
un receptor, dejando la estación mundana para sintonizar con la
ultraterrena. No hace falta repetir lo antes expuesto; esta concepción
niega de hecho la fe, estableciendo la separación entre las dos esferas e
ignorando la acción de Dios en el mundo.
La reunión cristiana no es evasión ni excursión a otro planeta.
Ampliando una comparación de G. Fackre, es un momento de reposo;
amarradas las canoas a la orilla, sentados en la hierba, frente a los rápidos
del río, se descansa y se goza, se come y se canta antes de continuar el
viaje; y en la conversación se comentan las peripecias. No es cuestión
de olvidar, sino de superar, descubriendo bajo las miserias del mundo y de
la vida el amor activo de Dios por su obra. Hay que aguzar la vista para
percibir el oro bajo el fango y exaltar la fe para que no se encalle en
los bajíos, refinar la concepción de la realidad y vislumbrar el dedo
de Dios en rincones que no se habían considerado.
La celebración está cogida en un paréntesis: entre lo hecho y lo que
ha de hacerse; filtra y agradece el pasado, otea y anhela el futuro que
Dios promete. En el presente ha de expresar su concepción del mundo y su
norma de vida. La primera es la visión de la fe: que el sostén de esta
realidad es un amor infinito. La segunda es el dinamismo de la caridad: «Los
cristianos quieren ser instrumentos del Dios‑amor para realizar
en otros lo que antes se ha realizado en ellos; su propósito es dar a
Dios, su Padre, hijos que se le parezcan por el inconfundible aire de
familia; es decir, por la caridad rica y sin envidias, cuya dicha es
doble: la alegría inmaculada de saberse amados de Dios y, libres de todo interés
propio, el poder de amar como Dios ama»
Evolución de la celebración
La
Primera carta a los Corintios describe una celebración
espontánea; san Pablo da instrucciones que aseguren el orden,
pero todo se hace siguiendo las iniciativas individuales:
«¿Qué
concluimos, hermanos? Cuando os reunís, cada cual aporta
algo: un canto, una enseñanza, una revelación, hablar en
lenguas o traducirlas; pues que todo resulte constructivo. Si
se habla en lenguas extrañas, que sean dos cada vez o, a lo
más, tres, por turno, y que traduzca uno solo. Si no hay
quien traduzca, que guarden silencio en la asamblea y hable
cada uno con Dios por su cuenta... De los inspirados, que
prediquen dos o tres, los demás den su opinión. Pero en caso
que otro, mientras está sentado, reciba una revelación, que
se calle el de antes, porque predicar inspirados podéis
todos, pero uno a uno, para que aprendan todos y se animen
todos. Además, los que hablan inspirados pueden controlar su
inspiración, porque Dios no quiere desorden, sino paz»
(14,26-33).
La
norma consistía, pues, en evitar el barullo, para que todo
aprovechase a la asamblea. Procuraba también san Pablo que
los inspirados no se excedieran y cansaran a la gente; dos o
tres a lo más. Por lo demás, libertad plena; cada uno podía
contribuir con lo que tuviese, dando así amplias facilidades
a la expresión individual y colectiva; las experiencias
cristianas podían manifestarse sin traba. Ninguna mención
se hace de un responsable del orden; la autoridad del Apóstol,
aunque distante, parecía suficiente. Con su sentido habitual
de la igualdad, no envía san Pablo las normas a un individuo
que asegure su observancia, las propone a la comunidad entera,
después de una larga explicación (14,1-25) que prepara la
unanimidad.
Una
celebración de ese género estaba centrada en Cristo; ningún
miembro de la asamblea reclamaba para sí una atención
especial. En algunos escritos del Nuevo Testamento,
redactados en la generación siguiente, como las cartas a
Timoteo y a Tito, aparecen cargos, los presbíteros u obispos,
a quienes se atribuye el papel de presidir. Era quizá un
desarrollo necesario; en todo grupo se manifiesta el líder, y
es posible que en Corinto mismo, aunque san Pablo no lo
mencione, alguno o algunos se encargasen del orden; tal función
directiva, si existía, no parece, sin embargo, que fuera
presidencial, pues no se le atribuía el pronunciar la oración
eucarística; san Pablo reprocha precisamente a un inspirado
que la pronunciaba en una lengua incomprensible, sin desempeñar,
por lo que parece, ningún cargo en la comunidad (14,16-17).
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Es
instructivo comparar la celebración, cristiana con la de los
pueblos primitivos. Entre ellos, aunque hubiera un líder, el
portador del ritual mágico era el grupo, pues para poner en
movimiento a las fuerzas trascendentes pensaban que hacía
falta un todo transpersonal. La unidad del grupo era, pues,
creadora y estaba dirigida y abierta a lo numinoso'6.
Cambiando
las categorías se puede aplicar este principio a la celebración
cristiana: la manifestación divina tiene lugar en el grupo
unido. Es secundario que algunos miembros ejerzan funciones
especiales, necesarias o convenientes para la mayor eficacia; en
este contexto, ni siquiera el carisma establece mérito
particular. Dios mira a su pueblo, redimido con la sangre de
Cristo, «pueblo santo y sin defecto en virtud del amor mutuo»
(Ef 1,4). No son los dones particulares ni las funciones en el
interior del grupo lo importante ante Dios, sino la unión en la
caridad fraterna.
En
los primitivos, la unión era casi física, a nivel de especie;
entre los cristianos pasa a ser amor y hermandad, se hace a
nivel libre, como respuesta personal a Dios que se revela. El único
vínculo necesario para la celebración es el amor mutuo, y su
centro no es ningún miembro particular del grupo, sino
necesariamente Cristo mismo. La idea de los primitivos de que
la unión del grupo desataba los dinamismos ultraterrenos era
en cierto modo verdadera. El Espíritu actúa cuando la
comunidad responde con la fe, Cristo está presente entre los
que cumplen su mandamiento, y Dios se revela como Padre
solamente en una comunidad de hermanos.
En
el pasaje citado de san Pablo aparecía netamente la aportación
de cada uno según el propio carisma. La celebración cristiana
excluye el monopolio; no hay miembros pasivos en el grupo
cristiano ni los dones se repiten; cada uno tiene el suyo
particular y ha de contribuir con él, por modesto que sea.
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En
san Ignacio de Antioquía " y, por supuesto, del siglo tv
en adelante, destaca la figura del presidente, que representa
a Dios Padre (Ignacio) o a Cristo (más tarde). Al atribuir
semejante representación a un miembro de la comunidad, la
celebración se centra alrededor de él. La comunidad deja
de ser un grupo homogéneo entrelazado por las diversas
funciones y carismas, y uno de ellos está erigido en categoría
aparte. La arquitectura muestra el cambio de mentalidad
": en las basílicas se reserva una parte del local. al
obispo y presbíteros, y precisamente la parte que en las
basílicas
civiles ocupaba el representante del emperador o éste en
persona. La organización estatal se infiltra en la iglesia.
Como el magistrado ostentaba las insignias imperiales y el liber
mandatorum, el obispo adoptará la cruz procesional y el
volumen del evangelio; su calidad de líder toma un sesgo de
funcionario. Para la celebración se insiste en la unión con
el obispo; el centro de gravedad se desplaza, pasando de
Cristo al que es considerado su representante. La teología
paulina, que ponía a todos al servicio y dependencia mutuos,
palidece; el único carisma visible es el de dirección. No
se depende inmediatamente de Cristo‑cabeza, sino del
obispo‑presidente.
En
tiempo de san Pablo predicar era privilegio de todos;
consecuencia de la nueva concepción fue reservarlo al
obispo o a sus delegados. Las preocupaciones por la ortodoxia
influyeron, sin duda alguna; no se trataba ya de una fe espontánea,
amplia de horizontes, pero parca en formulaciones precisas y
obligatorias; las polémicas y el afán de conceptualización
disuadían de conceder la palabra a los no instruidos en la
doctrina oficial. La expresión improvisada se reputa
peligrosa;
la fe se enuncia sólo con símbolos aprendidos que, de norma
para la expresión, pasan a ser su límite.
Durante
los tres primeros siglos el lugar de reunión solía ser una
casa, con su aire de libertad, personalismo y familiaridad. La
Primera carta a Timoteo recomienda que el obispo sea
hospitalario, probablemente porque la eucaristía se celebraba
en su domicilio. El local era lo de menos, interesaba sólo
hallar un espacio acogedor; el templo es Cristo resucitado y
la comunidad de los
fieles. En estas celebraciones domésticas los grupos eran
naturalmente pequeños y toda acción resultaba comunitaria;
los detalles podían resolverse con practicidad, lo
importante era la celebración misma.
Más
tarde, sobre todo a partir del siglo m, empieza a asimilarse
la antigua concepción del templo, judío 0 pagano, que suponía
la sacralidad particular de ciertos objetos o personas. La basílica
se convierte en un salón estructurado hieráticamente, con
una parte reservada a la presidencia, y otra a los fieles.
Excepto en las basílicas
cimiteriales, sin embargo, el altar y el ambón no
ocupaban todavía un lugar fijo.
En
siglos más recientes se entra en la época de las catedrales,
donde el vasto espacio y la suntuosidad perjudican a la
interioridad y sencillez de la celebración. La grandiosidad
del monumento anula en cierto modo al grupo e impide sentir la
unión, pues la imponente sublimidad externa aparta la atención
de los demás participantes. El centro no es ya siquiera la
persona del presidente, sino un objeto, el altar. El obispo no
oficia de cara al pueblo, sino cara al altar, con lo que el
diálogo
resulta imposible; el pueblo queda prácticamente pasivo, de
todo se encarga el clero.
Para
san Agustín, < iglesia es el lugar donde la iglesia se
congrega»; esto dejó de ser verdad, y la iglesia pasó a ser
casa de Dios, templo de Dios. Como el templo judío o pagano,
se convirtió en centro simbólico de la religión. Considerándola
como signo externo de la presencia del cristianismo en una
ciudad, se le dio preeminencia sobre los otros edificios. Se
había olvidado que la fe cristiana en el mundo actúa como el
fermento.
En
nuestros días muchos grupos prefieren volver a la sencillez
primitiva, más cercana al evangelio; basta un local acogedor,
humano y agradable, con la limpidez del Espíritu de Dios y la
alegría del hombre nuevo.
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¿Fiesta dionisíaca?
La
fiesta es personalizante; la comunicación que en ella se
establece engendra contemplación y profundidad. ¿Cabe en la
fiesta cristiana la embriaguez extática o el vértigo
enajenante? Es difícil marcar la linde entre el entusiasmo
legítimo y el torbellino. Hay que persuadirse además de
que al Señor no le molesta la exuberancia, al contrario; lo
demostró en la boda de Caná, proveyendo vino, y del bueno,
para que la fiesta continuase.
La
cuestión se presentó a san Pablo en Corinto; la afición de
aquellos cristianos por los fenómenos espectaculares era,
sin duda, un residuo de paganismo. El Apóstol enuncia
repetidamente un principio: «Todo se haga para construir la
comunidad» (1 Cor 14,3.4.5. 12.26). La fiesta cristiana no es
sólo desahogo, sino también estímulo; no debe dejar decaídos,
sino activados.
El
cristiano sabe adónde va, desempeña una tarea seria
colaborando con Dios en la reconciliación de los hombres; su
alegría y exuberancia saludan al reino venidero y lo
expresan, vislumbrando en el presente la plenitud futura. En
cualquier grado de festejo que se ejercite, la celebración, a
los ojos de un no cristiano, debería causar una impresión
positiva. Por eso san Pablo frenaba el excesivo entusiasmo de
los que discurseaban en lenguas ininteligibles; prefería
que hablasen los inspirados capaces de exhortar en el idioma
corriente: «Supongamos ahora que la comunidad entera se reúne
en asamblea y que todos van hablando en esas lenguas; si entra
gente no creyente o simpatizantes, ¿no dirán que estáis
locos? En cambio, si todos hablan inspirados y entra un no
creyente o un simpatizante, lo que dicen unos y otros le
demuestra sus fallos, lo escruta, formula lo que lleva secreto
en el corazón; entonces se postrará y rendirá homenaje a Dios,
reconociendo que Dios está realmente con vosotros» (1 Cor
14,23-25).
Pablo
no descarta los fenómenos que se manifestaban en lenguajes
incomprensibles, pero los limita; la celebración no podía
reducirse a eso. Por lo que a él toca, dice: «Gracias a
Dios, hablo en esas lenguas más que todos vosotros; pero en
la comunidad prefiero pronunciar cinco palabras inteligibles,
capaces de instruir a los demás, antes que diez mil en un
lenguaje arcano» (ibíd. 18-19).
Entusiasmo,
sí, anarquía, no. Dios no quiere desorden, sino paz (ibíd.
32). Acción exaltante, desde luego; artificios que aturdan,
intentos de perforar los límites de lo personal, para
adentrarse en un todo supra o ultrapersonal en que se esfume
la individualidad, no parece cristiano. La orgía dionisíaca
nacía del ansía de superar las barreras del ser `9; según
Nietzsche, el individuo es un error; para el cristiano, en
cambio, es un carisma, un regalo de Dios. Con el vértigo y el
frenesí dionisíacos quería el hombre, mintiéndose,
librarse de sí mismo, curarse de ser hombre, taladrar el
tiempo y el espacio para salir del aquí y ahora y vagabundear
en el océano de la sensación ilimitada. Los cristianos no
necesitan mentirse, no están cansados de ser hombres; al
contrario, afirman su valor y su dignidad.
Quien
vive superficialmente acaba harto de sí mismo. Nunca entra
en sí, busca dilatarse y choca con sus paredes; pero es una
dilatación gaseosa, que disminuye su densidad. Hay otra
manera de ampliar el ser, por la concentración, que aumenta
su peso específico y descubre nuevas dimensiones y espacios
en su mismo centro; entonces comprende lo que es «anchura y
largura, altura y profundidad» (Ef 3,18). Esta dilatación
del ser se hace posible en la comunicación personal y
profunda; además el hombre que respeta su pared existencial
siente que al otro lado hay uno que interpela.
No
hay que curarse de ser hombre, sino de estar solo, de ser
medio hombre. A Dios no se llega por la grandeza, sino por la
bondad; y si hemos de saber que somos pobres, la pobreza
esencial es la finitud; este realismo se llama también
humildad. A1 saber y amar lo que somos, es cuando amamos a
Dios y llegamos a la felicidad: «Dichosos los que se saben
pobres, porque suyo es el reino de los cielos» (Mt 5,4).
El
hombre es historia y el cristiano no pretende evadirse de
donde Dios lo ha colocado. No se avergüenza de ser hombre,
sabiendo que por serlo es imagen de Dios; quiere ser mejor
hombre, más profundamente humano, para hacer esa imagen más
semejante a su modelo.
Aprender a celebrar
Aunque
la celebración es siempre global, subrayará, según las
ocasiones, uno u otro aspecto de la vida cristiana, sea la
libertad gozosa y la alegría de la unión, la renuncia a las
ambiciones del mundo y el entusiasmo por la tarea común, la
lealtad a Cristo y el derribo de los ídolos, el examen de la
propia fidelidad o la expresión de solidaridad con todos los
que trabajan por la paz y el bien. Siempre está presente el
Señor como dador del Espíritu.
Celebrar
exige inventiva; hay que encontrar formas aptas de expresión.
Si en la antigüedad la celebración papal se inspiró en los
rituales imperiales, pertenecientes a la vida civil, también
hoy tienen derecho los cristianos a aprovechar los datos de
la cultura que contribuyan a su celebración. Al fin y al
cabo, cada época tiene sus convenciones y sus canales
expresivos, sus palabras clave y sus gestos simbólicos. Han
de tener en cuenta todo lo que es noble y amable, todo lo que
merece alabanza y estima en la sociedad ambiente (Flp 3, 8).
El reino de Cristo no es de este mundo, porque consiste en dar
una vida que no procede de esta tierra, pero está en este
mundo y existe para él; por eso quiere que los suyos
permanezcan en el mundo (Jn 17, 15.18), pero viviendo en la
verdad (ibíd. 17). Los cristianos festejan como los demás
hombres; si su celebración se distingue de otras, no es por
adoptar formas esotéricas, sino porque en ella, en medio del
mundo, centellea el Espíritu de Dios.
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