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El presente escrito quiere considerar el aspecto profético de la vida cristiana
como una participación y colaboración en el
reino de Cristo Señor. Si el enfoque profético
comunicaba el contenido del mensaje reconciliador
y el sacerdotal iluminaba la sacralidad del mundo
y del hombre, considerar la vida como fidelidad a
un Señor precisará la actitud del cristiano, la
calidad de su lucha y las armas de que dispone.
Desde
puntos de vista diferentes se expone la misma
realidad; unas facetas del objeto completan a las
otras y todas lo constituyen.
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El «Señor»,
como título aplicado a Cristo, es frecuentísimo
en los escritos apostólicos. En los evangelios
suele emplearse como mero tratamiento de cortesía,
pero desde la resurrección es apelativo propio de
Cristo, como ha cristalizado en el Credo: «... y
en un solo Señor, Jesucristo».
La Carta a
los Filipenses inserta en el capítulo 11 un salmo
cristiano que explica la génesis de ese título
exclusivo. En antítesis con Adán, que aspiró a
la igualdad con Dios por el camino de la rebeldía
y el orgullo, Cristo, el salvador, deshace la
arrogancia del primer hombre que había
inficionado a la naturaleza humana. El ya poseía
la condición divina, pero en lugar de hacer
alarde de ella tomó la condición de siervo, haciéndose
un hombre como los demás y cargando sobre sí las
consecuencias del pecado: debilidad, dolor y
muerte. Se despojó así de su rango, para volver
a él por el camino de la obediencia; al contrario
de Adán, fue obediente hasta aceptar la muerte más
infamante que conocía su época. Por haberse
humillado para salvar al hombre perdido,
desandando el itinerario de Adán, Dios lo levantó
por encima de todo y le dio el título que los
supera todos, su propio título divino de Señor.
Señor traduce el nombre de Adonai, exclusivo de
Dios en el Antiguo Testamento.
El título
de Señor incluye la autoridad divina: «Se me ha
dado toda autoridad en el cielo y en la tierra» (Mt
28,18); suprema intensivamente: «toda autoridad»,
y extensivamente: «en cielo y tierra». A ella
corresponde la sumisión universal al nuevo Señor
proclamado por Dios, a Jesús, el que vivió entre
los hombres y fue crucificado bajo Poncio Pilato:
«A este título de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra y en el abismo». Todos
los seres, visibles o invisibles, están sometidos
a Cristo, a quien corresponde la aclamación
universal: « ¡ Jesucristo es el Señor!».
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La
profesión de fe.
El título de Señor,
como el de Hijo de Dios, constituye el núcleo de varias fórmulas
empleadas en los tiempos apostólicos para profesar la fe cristiana. «Jesucristo
es el señor» es una de ellas (Flp 2,11; Rom 10, 9; 1 Cor 12,3). Este
simple enunciado implica la redención entera; afirma explícitamente el
reino presente de Cristo, implícitamente su muerte y resurrección, su gloria y su acción en el mundo. Centrada en el
presente, connota lo que sucedió una vez y abre la perspectiva a la
consumación futura.
En la primitiva Iglesia la fórmula era polémica y
contestaba al título imperial. Los cristianos reconocían a Cristo por
encima del César, como lo expresa el Apocalipsis al llamarlo «Señor de
señores y Rey de reyes» (17,14).
Confesar que jesucristo es el Señor acentúa la
incidencia de la fe sobre el presente; se trata de una soberanía actual
activa y dinámica. La Carta a los Romanos la expresa afirmando que
Jesucristo, Señor nuestro, fue constituido en su pleno poder de Hijo de
Dios a partir de su resurrección de la muerte. Por otra parte, aunque los
emperadores romanos hayan pasado a la historia, la expresión «nuestro Señor»
conserva su carácter disyuntivo: el cristiano no reconoce otro Señor.
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"PARA
NOSOTROS HAY UN SOLO SEÑOR, JESUCRISTO (1 Cor 8,6)" 
FIDELIDADES
La fidelidad a un señor es un modo
de expresar el ser de criatura, que no encuentra su fin último
en sí misma. En la época del Nuevo Testamento se concebía
al hombre como campo de batalla para las fuerzas divinas y demónicas
que intentaban apoderarse de él. Según la concepción
pagana, unas y otras tenían carácter cósmico, por lo que
desembocaban en la idea del destino. Los ritmos recurrentes,
astronómicos o agrícolas, origen de las divinidades paganas,
espoleaban la creencia en una fatalidad inflexible y
repetidora.
El hombre no se definía por sí
mismo, sino por el señor a quien servía, y el servicio, según
la idea del tiempo, comportaba una disponibilidad total, una
esclavitud. San Pablo se hace eco de esta concepción en la
Carta a los Romanos (6,16.20); después de establecer que el
acto de sumisión constituye al hombre en esclavo del dueño
que elige, distingue la entrega al pecado, que lleva a la
condena a muerte, y la entrega a Dios, que obtiene el indulto
y la vida.
El cristiano, antes esclavo del
pecado como todo hombre, ha sido emancipado por Dios y ha
pasado al servicio de su liberador.
En los evangelios, conforme a la
concepción hebrea, el hombre se define por su tendencia. No
es una mónada amurallada, sino una aspiración, un anhelo, un
deseo; el hombre sirve a un ideal que gobierna su vida. Así
lo expresa Jesús en el sermón de la montaña: «Dejaos de
amontonar riquezas en la tierra, donde la polilla y la carcoma
las echan a perder; amontonaos riquezas en el cielo, porque
donde está tu riqueza está tu corazón» (Mt 6,19‑21).
El corazón en el lenguaje bíblico es el interior del hombre,
la personalidad podríamos decir en lenguaje psicológico,
incluyendo conocimiento y afecto. El hombre está clavado a su
tesoro. Jesús da por descontado que cada hombre tiene uno,
que tiende hacia algo y pone su ideal en algo. Lo importante
es que la riqueza sea verdadera y esté bien colocada.
El ideal que el hombre persigue
modela su psicología, lo achica o lo engrandece. El hombre se
asemeja a lo que adora, si es un ídolo mudo e inerte, se
despersonalizará (salmo 113,12‑16). La alternativa
entre señores o tesoros es uno de los modos como en el Nuevo
Testamento se presenta el concepto fundamental de decisión.
En boca de Cristo: «Nadie puede estar al servicio de dos
amos; no podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24). Varias
parejas de opuestos expresan los términos de la opción:
carne‑espíritu, luz‑tinieblas,
Cristo‑mundo, mal‑bien, reinado de
Dios‑reinado de Satán, edad presente y edad futura. En
este conflicto de fuerzas antagónicas el hombre tiene que
comprometerse con uno de los contendientes. No valen
abstenciones, neutralidad equivale a traición.
Reconocer, profesar y vivir que
Jesucristo es el Señor significa manifestar la propia opción,
pasar al servicio de Dios, en la persona de Cristo. La opción
compromete la vida, pues, quien se pone a disposición de un
señor pasa a ser instrumento de sus objetivos: para el mal,
si el señor es el pecado; para el bien, si es Dios (Rom
6,12).
Optar por Cristo significa excluir
todo otro señor, jurar una bandera y renegar de todas las demás.
Pero la opción por Cristo difiere de las otras; mientras
servir a los otros señores esclaviza, alistarse al servicio
de Cristo libera de la esclavitud.
La opción misma no estaba en poder
del hombre. Su servidumbre a los bajos instintos: odios,
rivalidades, envidias, inmoralidades, afán de dinero y de
poder, era tan honda, que a pesar de los esfuerzos de su
voluntad era incapaz de sacudirla. Era prisionero del pecado (Rom
2,22). Su señor adoptaba diferentes nombres: mundo, pecado,
demonio, carne, fatalidad, destino.
La llamada de Dios pide al hombre que
reniegue de sus antiguos señores y prometa fidelidad al Señor
de cielo y tierra, al que libera a los esclavos.
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LUCHA
CONTRA EL MAL.
En el pasaje de Flp 2,6‑11,
antes comentado, se describe la actividad de Cristo hombre
como una obediencia a Dios. Podemos ilustrarlo ahora desde un
punto de vista más positivo considerando el Evangelio de
Marcos Z.
Según este evangelio, toda la vida
de Jesús es lucha contra el mal, personificado en Satanás.
Para san Marcos, la victoria de Jesús contra Satán inaugura
la nueva edad del mundo, que resplandecerá en la manifestación
del reino de Dios.
Comienza el evangelista presentando
la figura de Juan Bautista, apoyada en el testimonio de las
profecías. El Antiguo Testamento se acercaba a su culminación,
pues Juan preparaba la llegada del Mesías salvador. El
mensajero anunciado anuncia a su vez un acontecimiento
inminente: está para llegar el más fuerte, el que bautizará
con Espíritu Santo. Ese más fuerte es Jesús, portador del
Espíritu de Dios: «Jesús, ungido por Dios con la fuerza del
Espíritu Santo» (Hch 10,38).
Terminado el bautismo en el río, el
Espíritu desciende visiblemente sobre Jesús, que aparece en
esta escena situado entre el mundo de la historia y el mundo
trascendente, al mismo tiempo en el río Jordán y bajo el
cielo que se rasga. Mientras se oye la voz del Padre, que lo
proclama Hijo, se posa el Espíritu sobre él, dándole la
fuerza para luchar con Satanás el fuerte (Mc 3,27), jefe y
dios de este mundo (2 Cor 4,4). Con esta descripción pone san
Marcos de relieve la intervención decisiva de Dios en la
historia humana; Dios mismo habla para subrayar su
importancia. El Espíritu, don de los últimos días, está
presente; comienza la etapa final del mundo. Un nuevo
dinamismo entra en la historia y va a empeñarse la batalla
decisiva.
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Para su lucha, el Espíritu empuja a
Jesús al desierto. Según san Mateo, Satanás tienta a Cristo
para desviarlo de su misión como Mesías. En la primera
tentación lo incita a satisfacer el hambre usando de su
poder, a ejercer su autonomía olvidando a Dios, a hacer
historia por su cuenta, sin contar con el designio divino: ateísmo
práctico.
Cuando Jesús afirma su dependencia
de Dios, Satanás ataca en el sentido opuesto: si hay un
designio divino, Jesús puede tomar las iniciativas que
quiera, que no le faltará la protección de Dios; si se tira
de la torre, Dios enviará a sus ángeles, pues así lo ha
prometido. Se trataba de una conducta también autónoma, pero
tentando a Dios, instrumentalizándolo. Satanás lo inducía
al providencialismo literalista que exime al hombre de toda
responsabilidad, como si el poder de Dios estuviera a merced
del capricho del hombre.
Las respuestas de Cristo muestran la
concepción cristiana de la historia: Dios la va dirigiendo
según su designio, pero esto no quita responsabilidad al
hombre, que debe «interpretar los signos de los tiempos» (Mt
16,3) para descubrir en ellos «las palabras que salen de la
boca de Dios» y colaborar activamente. Responsabilidad
sosegada, pues sabe que el fardo de la historia no pesa
enteramente sobre sus hombros.
En la tercera tentación se
desenmascara Satanás y se juega el todo por el todo. Propone
a Jesús la visión de un Mesías triunfante que usa el poder
para implantar el reino de Dios en la tierra. Le muestra y le
ofrece el «esplendor» de los reinos del mundo, es decir, la
riqueza y la pompa, el poder militar y político. AL que
poseyera todo eso lo seguirían los hombres, el triunfo estaría
asegurado. La única condición que pone el diablo es que Jesús
le rinda homenaje, reconociéndolo por soberano. La escena
propone esta lección: estimar que el reino de Dios se
establece por medio del poder político, del prestigio humano
o de la riqueza significa prestar, rendir homenaje al diablo.
Son esas precisamente las tres ambiciones que hacen al mundo
malo y que Cristo vino a rebelar.
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San Marcos, en cambio, es muy parco
al narrar la tentación de Jesús; para él lo importante es
el hecho mismo, omitiendo los pormenores; lo vital es que hay
una lucha entre Cristo y Satán, cuya apuesta es la salvación
del mundo. El hombre estaba sometido al diablo; Cristo, el único
libre, rechaza a Satanás y sigue fiel a Dios. El Espíritu no
empujó a Jesús al desierto para hacerlo un anacoreta ni para
separarlo del compromiso histórico, sino para jugar la suerte
de la historia. Su vida va a ser una lucha contra el mal, y la
empieza enfrentándose con el jefe cósmico del mal. El
rasgarse el cielo anunciaba la irrupción de la edad venidera
en la presente, por eso el Espíritu del mundo nuevo, que está
en Jesús, lo lanza al combate. Había que derrocar al jefe de
la edad perversa para inaugurar la nueva edad del reino de
Dios.
La victoria de Jesús sobre Satanás
acerca el reino de Dios. En el Evangelio de Marcos no es Juan
Bautista quien proclama esta cercanía, sino Jesús, después
de su bautismo y tentación. Entre la predicación de Juan y
la de Jesús ha acontecido algo que ha hecho virar la ruta del
mundo; ahora puede anunciarse que el reinado de Dios está
cerca. El fuerte está atado, el más fuerte puede arramblar
con su ajuar (3,27).
La unidad bautismo‑tentación,
es decir, la bajada del Espíritu y el cuerpo a cuerpo con
Satanás que termina con la victoria de Jesús, es el
presupuesto de toda su vida pública. Empieza la hora
definitiva, entra en la historia una fuerza nueva: el Espíritu
de Dios, que impele hacia el futuro. El presente no puede ya
vivir únicamente del pasado, como sucedía en el rígido
tradicionalismo de las autoridades judías del tiempo; el
pasado está al servicio de la obra presente que camina hacia
el porvenir.
La lucha de Jesús contra el mal en
su vida pública se manifiesta primeramente en la expulsión
de los demonios. El primer sábado que enseña en la sinagoga
de Cafarnaún se enfrenta con un poseído y expulsa al espíritu
impuro. La posesión diabólica es signo de la presencia del
mal en la historia; no es más que el caso extremo y llamativo
de la sujeción del hombre al mal. La lucha entre Jesús y
Satanás pasa del desierto a lo cotidiano, al conflicto del
Hijo de Dios con los endemoniados, víctimas de Satanás. El
tono de Jesús hablando a los espíritus impuros es tajante,
no hay diálogo alguno; los espíritus gritan, Jesús manda.
Se ha declarado la guerra sin cuartel. La acción de los
demonios en los hombres es homicida: los retuercen, los hacen
echar espumarajos, los dejan como muertos; el demonio tenía
el poder de la muerte (Heb 2,15) y llevaba al hombre a su
destrucción. Por eso el duelo final entre Satanás y Cristo
acabará con la muerte de Jesús, pero esa muerte marcará el
fin del que tenía el imperio de la muerte.
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Y
SIN EMBARGO VE
La lucha de Jesús contra el mal se
libra en tres frentes simultáneos: la liberación de los
posesos, la curación de los enfermos y el debate ideológico
contra sus adversarios. La posesión es la manifestación
visible del dominio de Satanás sobre el mundo; la enfermedad,
precursora y anuncio de la muerte, se opone a la salvación
que es vida plena; y en los debates con las autoridades judías,
Jesús pone en claro el significado, la verdad del momento
histórico, atacando la ambigüedad creada por la interesada
oposición de los responsables.
Los últimos tiempos han entrado ya
en la historia; éste es el punto de vista desde el cual Jesús
aclara los casos particulares: existe una situación nueva, un
vino nuevo que no puede conservarse en los viejos odres. Se le
acusará de blasfemia por perdonar pecados, y él precisará
que tiene poder para perdonar pecados en la tierra (Me 2,10);
se le echará en cara que patrocina el pecado comiendo con
pecadores, y él responderá que son los enfermos quienes
necesitan médico (2,16); se le tachará de irreligiosidad por
no ayunar como los fariseos, y responderá que la alegría del
reino es incompatible con aquel ayuno cariacontecido (2,19).
Se saltará las tradiciones tocantes al sábado y afirmará
ser señor del sábado (2,27), invocando el propósito de Dios
en la creación. Se comportará de modo semejante a propósito
de las reglas sobre el lavarse las manos (7,1‑23) o de
la casuística sobre el divorcio (10,1‑12 ), volviendo a
las prescripciones de Dios mismo, por encima de los
desarrollos doctrinales o morales de la tradición judía. Jesús
no respeta la tradición si ésta se muestra adversaria del
designio de Dios y del espíritu de la nueva edad que
comienza. No siente superstición hacia el pasado; el hecho
nuevo, que es él mismo, exige una actitud diferente y deroga
antiguas prescripciones. Distingue diversos grados de validez
en el Antiguo Testamento, oponiendo la intención del Creador
a las disposiciones del mismo Moisés (10,5‑9 ).
Combate así el confusionismo, la
rigidez tradicionalista y el conformismo, porque la fuerza del
Espíritu empuja y la nueva edad se abre. Contra el
conformismo, expulsa a los mercaderes del templo, proclamándolo
casa de oración para todas las naciones (Is 56,7),
anatematizando la cueva de bandidos (Jr 7,11) en que lo habían
convertido el abuso perpetuado por las autoridades. El
confusionismo es obra de Satanás, que impide al hombre «conocer
los signos de los tiempos», y Jesús lo desafía
decididamente en este terreno.
La lucha con Satán en el desierto
aparece, por tanto, como una interpretación teológica de la
historia; toda la vida de Jesús será una continuación de
esa lucha en sus manifestaciones concretas. El mal reunirá
sus fuerzas para el último ataque y Jesús sucumbirá bajo el
odio y el poder de las autoridades judías y paganas. Es el
momento de la gran batalla. La muerte de Jesús será la
derrota definitiva del reino de la muerte. Aceptada por
fidelidad a Dios y para salvar el mundo, Dios la convierte en
el triunfo de Cristo, en la vida, el señorío y la plena
autoridad sobre cielo y tierra. La victoria de Cristo sobre
Satán era victoria sobre el pecado, su arma para dominar al
hombre y, en su última fase, victoria sobre la muerte, fruto
y paga del pecado.
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LA
RESURRECCIÓN
La resurrección es la
victoria de Dios y el triunfo de Cristo. La lucha que pareció
acabar con la muerte no había terminado. Faltaba aún el
resultado final; el árbitro no era el hombre, sino Dios, y él
mostró que el llamado vencido salía vencedor, el condenado
resultaba inocente, el ejecutado recobraba la vida; vida
inmortal, gloriosa, eterna.
Empieza la nueva creación, el cielo
nuevo y la tierra nueva, se ha puesto el primer sillar del
universo renovado. La resurrección es la sonrisa de Dios y
del universo entero: es el primer producto no sólo muy bueno
como en la primera creación, sino perfecto, acabado,
definitivo, exento de corrupción y decadencia.
Dios ha mostrado de nuevo la fuerza
de su brazo. El Antiguo Testamento celebraba la redención
efectuada por Dios sacando a su pueblo de Egipto, del país de
la esclavitud, a la tierra donde manaba leche y miel; del
trabajo forzado, a la prosperidad de Canaán; de la
servidumbre, a la libertad. Pero aquel éxodo era sólo figura
del gran éxodo que se cumple en Cristo. El verdadero Egipto
era el reino de la muerte, reino sin fronteras y sin salida,
que oprimía al género humano bajo la angustia de lo
irremediable. Jesús entra en la muerte para vencerla, y Dios
lo rescata de su dominio: «Llamé a mi Hijo para que saliera
de Egipto». Esta es la victoria definitiva sobre el mal. La
muerte, abismo de desesperanza, alejamiento de Dios, ruina de
la existencia, privación de la vida, fracaso supremo del
hombre, se convierte gracias a Cristo en esperanza de vida y
de felicidad, en puerta del reino de Dios. La destrucción es
semilla de resurrección; la debilidad, de fuerza; la miseria,
de gloria.
Cristo concentra en sí la vida y el
Espíritu para derramarlos sobre todo viviente. El que
recapitula el universo entero es fuente de vida para toda
criatura.
En esto precisamente consiste su
reino; no es reino de dominio, sino de transformación, no de
poderío, sino de salud, no es un reina que oprime, sino que
hace renacer; sus súbditos no se encorvan bajo el peso de una
ley, se yerguen animados por una vitalidad nueva. Su triunfo
está en vivificar, no en doblegar.
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Las dos edades
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Lo interior se renueva...
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Incluso en el individuo, «aunque lo exterior va
decayendo, lo interior se renueva de día en día»
(2 Cor 4,16); a pesar del desgaste físico, ley
del mundo que pasa, hay en el hombre una realidad
más profunda, un núcleo que se va reforzando y
que prepara a lo mortal para ser absorbido por la
vida: «Para eso nos creó Dios y como garantía
nos dio el Espíritu» (2 Cor 5, 4‑5). Por
eso recomienda san Pablo no entrar en el juego de
este mundo (Rom 12,2), porque el papel de este
mundo está para terminar (1 Cor 7,31); es la
conciencia de lo provisional y transitorio de esta
edad.
La muerte‑resurrección de Cristo es así el
cumplimiento de todas las promesas de Dios y la
garantía de su realización plena en el futuro. Nótese
el doble aspecto de cumplimiento presente y de
garantía del porvenir: «Con esa esperanza nos
salvaron» (Rom 8,24); se crea una tensión entre
el «ya» y el «todavía no» que caracteriza la
etapa del mundo que va de la resurrección a la
segunda venida.
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"El centro de la historia"
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El hecho histórico de la muerte‑resurrección de
Cristo queda constituido en centro y punto de
inflexión de la historia humana. Lo anterior se
dirige a él; lo sucesivo es despliegue de sus
efectos.
Para los judíos, el ápice de la historia se alcanzaba
en su desenlace, en la manifestación del reino de
Dios al final de los tiempos. En el cristianismo,
el ápice ocupa el punto medio de la historia, no
el final; la manifestación del reino de Dios no
será simplemente el cumplimiento de una promesa,
sino el florecimiento de una realidad presente
desde ahora.
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| Todo
el Antiguo Testamento se dirige a ese centro. La
narración bíblica, que empieza con el origen del
género humano, se estrecha primero a la historia
de Israel, luego a la del residuo de Israel, hasta
que en el 2.° Isaías aparece la figura,
colectiva e individual al mismo tiempo, del
servidor de Dios, que se realizaría en Cristo, el
Hombre, individuo y al mismo tiempo representante
de Israel y de la humanidad entera. En él se
realiza la salvación del hombre, destinada a la
entera raza humana. Oscar Cullmann denomina esta
convergencia y divergencia el principio de la
concentración hacia Cristo y la dilatación a
partir de Cristo; desde la resurrección su reino
podría llamarse una estructura anónima del
mundo.
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La conciencia de una salvación ya efectuada, pero
siempre activa, da su fuerza y su importancia al
presente. Concebir la salvación como un final grandioso
situado en un mundo diverso lleva al desprecio y a la
fuga del mundo visible. Al poner la salvación en el
centro de la historia y proclamar la soberanía de
Cristo sobre la humanidad en camino, el presente
adquiere todo su relieve. El reino de Cristo no se sitúa
en el más allá, sino en el más acá; es aquí donde
tiene que ir venciendo a sus enemigos, donde está empeñada
la batalla entre el bien y el mal, entre Cristo y Satanás.
El combate decisivo se ganó en la cruz, y el día de la
victoria coincidirá con el fin de esta edad, pero
entretanto quedan mil escaramuzas, mil recovecos donde
el enemigo es todavía fuerte y donde hay que derramar
mucha sangre. Esta es la historia presente y a esto
llama Cristo al cristiano. Huir de la historia es
desertar.
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Juan Mateos
CRISTIANOS
EN FIESTA
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